El negocio de la muerte
En el Edimburgo de 1827, la medicina escocesa vivía uno de sus momentos más brillantes y, al mismo tiempo, más sombríos. La ciudad era considerada el centro neurálgico de la enseñanza médica en todo el Reino Unido, y su Escuela de Medicina atraía a estudiantes de toda Europa. El problema era tan antiguo como la propia anatomía: para aprender a operar, para entender el cuerpo humano, los alumnos necesitaban cadáveres frescos sobre los que practicar. Y los cadáveres escaseaban.
La ley británica de la época solo permitía usar para disección los cuerpos de los criminales ejecutados, un número ridículamente insuficiente para la demanda creciente de las facultades. Así nació, en las sombras, un mercado negro macabro: el de los resurrection men, o resucitadores, hombres que desenterraban cadáveres recién enterrados en los cementerios y los vendían a los anatomistas por sumas considerables. Era ilegal, era repugnante, pero era tolerado porque todos lo necesitaban.
En este contexto llegamos a William Hare y William Burke, dos inmigrantes irlandeses que regentaban una pensión de mala muerte en el barrio de Tanner's Close, en los arrabales más pobres de Edimburgo. Hare era el dueño del establecimiento; Burke, su inquilino y cómplice. Ninguno de los dos tenía escrúpulos especiales, y ambos vivían al día, buscando la manera de salir adelante en una ciudad que no los quería demasiado.
El primer cadáver y el descubrimiento del negocio
El inicio de todo fue, según contaron ellos mismos después, completamente accidental. A finales de 1827, un anciano llamado Donald murió en la pensión de Hare dejando una deuda de cuatro libras de alquiler sin pagar. Hare, furioso por la pérdida, comentó el asunto con Burke, y entre los dos tomaron una decisión que cambiaría sus vidas: en lugar de entregar el cuerpo para un entierro digno, lo venderían.
Contactaron con el doctor Robert Knox, uno de los anatomistas más reputados y populares de Edimburgo, cuyas clases de disección atraían a centenares de estudiantes entusiastas. Knox no hizo preguntas. Pagó siete libras y diez chelines por el cadáver de Donald, una suma que a Burke y Hare les pareció una pequeña fortuna. El negocio era sencillo, limpio y extraordinariamente lucrativo.
El problema era que los cadáveres frescos no abundaban, y desenterrar tumbas era arriesgado y físicamente agotador. Burke y Hare llegaron a una conclusión lógica, desde su retorcida perspectiva: en lugar de esperar a que la gente muriera o de arriesgarse en los cementerios, ellos mismos podían producir los cadáveres que el doctor Knox necesitaba.
El método: sin marcas, sin sospechas
Lo que distinguió a Burke y Hare de otros criminales de su época fue la sofisticación de su método. Entendieron desde el principio que un cadáver con marcas de violencia levantaría sospechas en el anatomista, así que desarrollaron una técnica que no dejaba señales visibles: uno de ellos inmovilizaba a la víctima mientras el otro le tapaba la boca y la nariz, asfixiándola lentamente. Era rápido, silencioso y no dejaba marcas apreciables. La muerte parecía natural.
Sus víctimas eran siempre personas vulnerables y sin familia cercana que pudiera reclamar su paradero: mendigos, prostitutas, enfermos, ancianos solos, viajeros de paso. Los atraían a la pensión con promesas de cobijo, comida y, sobre todo, alcohol. Una vez suficientemente borrachos e indefensos, los ejecutaban y los metían en un baúl camino de la consulta del doctor Knox.
Entre el otoño de 1827 y el otoño de 1828, Burke y Hare asesinaron a dieciséis personas. Knox pagaba entre ocho y catorce libras por cada cuerpo, sin hacer preguntas incómodas. Algunos historiadores debaten hasta qué punto el anatomista sabía o sospechaba el origen de aquellos cadáveres siempre frescos, siempre en perfecto estado, siempre sin señales de haber sido desenterrados.
Las mujeres detrás del crimen
Junto a Burke y Hare actuaban también sus respectivas compañeras: Helen McDougal, pareja de Burke, y Margaret Laird, esposa de Hare. Ambas conocían lo que ocurría en la pensión y, en algunos casos, participaron activamente atrayendo a las víctimas o manteniéndolas entretenidas mientras los hombres preparaban el crimen. Su papel en el juicio posterior sería objeto de intenso debate.
El final: una vecina y un cadáver reconocido
El descubrimiento llegó de la manera más inesperada. En octubre de 1828, Burke y Hare cometieron un error que no se habían permitido hasta entonces: asesinaron a una mujer llamada Mary Docherty cuyo cuerpo fue descubierto escondido bajo la paja de la pensión por unos vecinos que habían ido a visitar a los inquilinos. Los vecinos, horrorizados, avisaron a la policía.
Pero lo verdaderamente demoledor ocurrió en la sala de disección del doctor Knox. Varios estudiantes reconocieron sobre la mesa de anatomía el cuerpo de una mujer llamada Mary Paterson, una joven prostituta bastante conocida en los barrios de Edimburgo, asesinada meses antes. El escándalo fue inmediato.
El juicio y la traición
Con las pruebas que había, condenar a Burke y Hare no iba a ser sencillo. La fiscalía tomó una decisión pragmática: ofreció inmunidad a Hare a cambio de que testificara contra Burke. Hare aceptó sin dudarlo y traicionó a su cómplice con una frialdad que escandalizó a la opinión pública.
William Burke fue juzgado, declarado culpable y ahorcado el 28 de enero de 1829 ante una multitud de más de veinticinco mil personas que llenaban las calles de Edimburgo. La ironía final fue perfecta: su cuerpo fue entregado para disección pública en la Escuela de Medicina, exactamente el mismo destino que él había dado a sus víctimas. Su esqueleto se conserva aún hoy en el Museo de la Universidad de Edimburgo.
William Hare fue liberado y desapareció. Nunca se supo con certeza qué fue de él. Helen McDougal fue absuelta por falta de pruebas. El doctor Knox nunca fue procesado, aunque su reputación quedó destruida para siempre y tuvo que abandonar Edimburgo.
El legado: una ley que lleva su nombre
El caso Burke y Hare tuvo consecuencias legislativas directas y duraderas. El escándalo puso en evidencia la absoluta insuficiencia del sistema legal para proveer cadáveres a la medicina, y presionó al Parlamento británico para actuar. En 1832 se aprobó la Anatomy Act, conocida popularmente como la Ley Burke, que regulaba el suministro legal de cadáveres para la enseñanza médica, permitiendo usar los cuerpos de quienes murieran en asilos y hospitales sin que nadie reclamara sus restos.
El verbo to burke, que en inglés significa suprimir o ahogar algo silenciosamente, nació de este caso y sigue usándose en el idioma hasta hoy.