Un pueblo tranquilo y un amor envenenado
En la Inglaterra rural de 1827, los pueblos pequeños vivían de los rumores y de las habladurías. Todo el mundo se conocía, todo el mundo sabía los asuntos de los demás, y la reputación de una familia podía construirse o destruirse en cuestión de días. En este ambiente sofocante y vigilante vivía Maria Marten, una joven de veinticinco años considerada una de las muchachas más guapas de Polstead, un pequeño pueblo de Suffolk rodeado de campos y bosques.
Maria no era exactamente lo que la sociedad de la época consideraba una mujer de conducta irreprochable. Había tenido ya dos hijos ilegítimos de dos hombres distintos, lo que en aquella Inglaterra victoriana equivalía a cargar con un estigma social considerable. Sin embargo, su belleza y su carácter abierto le granjeaban simpatías en el pueblo, y nadie dudaba de su bondad fundamental.
William Corder: el seductor con secretos
William Corder era el hijo de un granjero local, un joven de aspecto agradable y modales relativamente refinados para el entorno rural en que vivía. Tenía fama de embustero y de vividor, pero su posición social como hijo de terrateniente le daba una credibilidad que no siempre merecía. Cuando empezó a cortejar a Maria Marten, ella no dudó en corresponderle: Corder le prometió matrimonio, una vida nueva y el respeto social que tanto necesitaba.
La relación entre ambos produjo un hijo que murió poco después de nacer, lo que sumió a Maria en una profunda tristeza. Pero Corder seguía prometiendo la boda, seguía aplazándola con excusas, y Maria seguía esperando, cada vez más desesperada y más dependiente emocionalmente de aquel hombre que le prometía redimirla ante los ojos del pueblo.
La noche del granero rojo
En mayo de 1827, Corder convenció a Maria de que huyeran juntos para casarse en secreto lejos de Polstead. Le explicó que era necesario que ella se disfrazara de hombre para salir del pueblo sin ser reconocida, evitando así los chismes y las complicaciones. Maria aceptó, se vistió con ropa masculina y acudió a la cita en el granero rojo, una construcción de ladrillo que se encontraba en la finca de los Corder.
Nadie volvió a verla con vida.
Durante los meses siguientes, Corder se marchó del pueblo y comenzó a enviar cartas a la familia de Maria. En ellas explicaba que la joven estaba perfectamente, que se habían casado y que vivían felices en otro lugar. Las cartas eran detalladas, tranquilizadoras y completamente falsas. La familia de Maria, aunque extrañada por no recibir noticias directas de ella, no tenía motivos inmediatos para dudar de un hombre que seguía escribiendo con regularidad.
El sueño de la madrastra
Lo que rompió el caso fue algo que ningún manual de criminología podría haber predicho: un sueño. La madrastra de Maria, Ann Marten, comenzó a tener una pesadilla recurrente en la que veía a su hijastra muerta y enterrada en el granero rojo. El sueño se repetía con tal insistencia y detalle que Ann acabó convenciendo a su marido de que fueran a cavar en aquel lugar.
En abril de 1828, casi un año después de la desaparición de Maria, su padre acudió al granero rojo y comenzó a excavar. A poco más de un palmo de profundidad, encontró los restos de su hija. El cuerpo presentaba señales inequívocas de muerte violenta: Maria había sido estrangulada, y posiblemente también apuñalada.
La caza de Corder
Para entonces, William Corder llevaba meses viviendo en Londres, donde había puesto un anuncio matrimonial en un periódico. Gracias a ese anuncio había conocido a una tal Mary Moore, directora de una escuela, con quien se había casado y establecido una vida completamente nueva, fingiendo ser un respetable hombre de negocios.
La policía no tardó en dar con él. Fue arrestado en su escuela de Londres, rodeado de sus alumnos, en una escena que los periódicos de la época describieron con todo lujo de detalles. Al ser registrada su habitación, se encontraron varias pistolas cargadas, lo que sugería que Corder había barajado la posibilidad de resistir o huir.
El juicio y la ejecución
El juicio de William Corder se celebró en agosto de 1828 en Bury St Edmunds y se convirtió en uno de los espectáculos mediáticos más comentados de la Inglaterra de su tiempo. El interés popular era tan enorme que las entradas para asistir al juicio se vendían como si fueran localidades para una obra de teatro. Los periódicos de Londres enviaron corresponsales especiales y publicaron cada detalle del proceso.
Corder intentó varias defensas contradictorias: primero dijo que Maria se había suicidado, luego que había muerto accidentalmente durante una discusión. Ninguna de estas versiones convenció al jurado, que tardó treinta y cinco minutos en declararlo culpable.
Fue ahorcado el 11 de agosto de 1828 ante una multitud estimada en más de siete mil personas. Según las crónicas de la época, el comportamiento de Corder en el patíbulo fue considerado cobarde: lloraba y temblaba mientras le ajustaban la soga. Tras la ejecución, su cuerpo fue diseccionado públicamente en el hospital local, siguiendo la práctica habitual con los criminales condenados.
La ironía macabra del caso no terminó ahí: la piel de Corder fue curtida y utilizada para encuadernar un libro que relataba el propio crimen. Ese libro se conserva aún hoy en el museo de Bury St Edmunds.
El legado cultural
El caso del granero rojo se convirtió rápidamente en uno de los crímenes más famosos de la historia inglesa. En pocas semanas ya circulaban baladas populares sobre Maria Marten, obras de teatro que dramatizaban el crimen se representaban en los teatros de toda Inglaterra, y los puestos callejeros vendían folletos con todos los detalles escabrosos del caso.
Durante décadas, la obra teatral Maria Marten, or The Murder in the Red Barn fue uno de los melodramas más representados en los teatros populares británicos. El granero rojo en sí se convirtió en una atracción macabra: los visitantes arrancaban astillas de madera como souvenirs hasta que el edificio quedó prácticamente destruido.
El caso también es notable por el papel de los sueños en su resolución, un elemento que fascinó a la opinión pública y que alimentó durante generaciones el debate sobre la intuición, lo sobrenatural y los límites de la razón.