SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #03
Caso real #03

El asesinato de Chardon

París · 1834 — «El criminal que escribía versos»
El doble asesinato de Chardon, París 1834
RETRATO POLICIAL OFICIAL DE PIERRE FRANÇOISE LACENAIRE

El París de las miserias y las fortunas ocultas

El París de 1834 era una ciudad de contrastes brutales. Apenas unos años después de la Revolución de Julio que había derrocado a Carlos X, la capital francesa hervía de tensión social. Los barrios obreros se apretujaban contra los bulevares elegantes, y entre las clases populares circulaban rumores constantes sobre vecinos que escondían fortunas bajo el colchón, desconfiando de los bancos y de las instituciones.

En este ambiente de sospecha y codicia nació el plan de un hombre cuyo nombre ha quedado asociado a uno de los crímenes más fríos y calculados de la Francia del siglo XIX: Pierre François Lacenaire, poeta, tahúr, presidiario y asesino, que pasó a la historia como uno de los primeros criminales en convertirse en celebridad mediática.

Lacenaire: el criminal que escribía versos

Pierre François Lacenaire nació en 1803 en una familia burguesa de Lyon. Educado, inteligente y con genuinas aspiraciones literarias, Lacenaire era un hombre que nunca encajó en ningún lugar: demasiado refinado para el mundo criminal, demasiado rebelde para la vida respetable. Pasó por varios empleos, acumuló deudas, frecuentó los garitos de juego y acabó en prisión por primera vez a principios de los años treinta.

Fue en la cárcel donde conoció a Victor Avril, un delincuente de poca monta que se convertiría en su cómplice. También fue en prisión donde Lacenaire consolidó su visión del mundo: una mezcla de nihilismo, resentimiento social y desprecio hacia una sociedad que, según él, le había negado el reconocimiento que merecía. Cuando salió de la cárcel, tenía un plan.

La trampa para Chardon

El objetivo elegido por Lacenaire y Avril fue un antiguo compañero de prisión llamado Chardon, un hombre que vivía con su anciana madre en un modesto apartamento parisino. Lacenaire estaba convencido, basándose en rumores carcelarios, de que Chardon guardaba una fortuna considerable en su casa. La realidad, como se vería después, era mucho más prosaica.

En enero de 1835, Lacenaire llamó a la puerta de Chardon. Este lo recibió con la alegría propia de quien reencuentra a un viejo conocido, sin sospechar nada. Fue su último error. Lacenaire y Avril lo asesinaron en su propio apartamento con una frialdad que los testigos del juicio posterior describirían como sobrecogedora. Cuando la anciana madre de Chardon apareció en escena, también fue asesinada para eliminar al único testigo.

La decepción del botín

Lo que encontraron después de los dos crímenes fue devastador para sus expectativas: apenas unas pocas monedas. La supuesta fortuna de Chardon no existía. Lacenaire y Avril huyeron del apartamento con las manos casi vacías, habiendo cometido un doble asesinato por una suma ridícula.

Lacenaire, sin embargo, no abandonó su carrera criminal. Semanas después intentó un nuevo golpe, esta vez contra un cobrador de banca llamado Genevay, a quien tendió una trampa similar. Pero Genevay logró escapar y describió a su agresor con suficiente detalle como para que la policía iniciara una búsqueda seria.

La detención y la gran actuación

Lacenaire fue arrestado en febrero de 1835. Lo que ocurrió a continuación sorprendió a toda Francia: lejos de negar los crímenes o de mostrar arrepentimiento, Lacenaire los confesó con orgullo y detalle, añadiendo un elaborado discurso filosófico sobre sus motivaciones. Se presentó a sí mismo como un vengador social, como un hombre que había decidido declarar la guerra a una sociedad injusta mediante el crimen. Sus declaraciones eran brillantes, provocadoras y profundamente perturbadoras.

Mientras esperaba el juicio en la cárcel, Lacenaire escribió memorias, poemas y reflexiones filosóficas que circularon entre la intelectualidad parisina con enorme éxito. Escritores, periodistas y curiosos acudían a visitarlo en su celda. Víctor Hugo, Théophile Gautier y otros intelectuales de la época mostraron fascinación por aquel criminal culto y elocuente que parecía encarnar todas las contradicciones de la sociedad francesa.

El juicio: un espectáculo sin precedentes

El juicio de Lacenaire, celebrado en noviembre de 1835, fue uno de los primeros grandes espectáculos mediáticos de la historia criminal francesa. La sala estaba abarrotada cada día, con representantes de la alta sociedad parisina mezclados con periodistas y curiosos. Lacenaire aprovechó cada momento para exhibir su inteligencia y su desdén, respondiendo a las preguntas del fiscal con una ironía que arrancaba murmullos entre el público.

Intentó cargar toda la responsabilidad de los crímenes sobre Avril, minimizando su propio papel. Avril, por su parte, intentó hacer lo mismo. El jurado no se dejó engañar por ninguno de los dos y los declaró culpables a ambos.

Victor Avril fue guillotinado en enero de 1836. Lacenaire fue ejecutado el mismo día, poco después que su cómplice, en la plaza de la Roquette de París. Según los relatos de la época, Lacenaire mantuvo su compostura hasta el último momento, mirando a la multitud con una expresión que algunos describieron como de satisfacción. Sus últimas palabras fueron objeto de debate durante años.

El legado: el criminal como celebridad

El caso Lacenaire tiene una importancia que va mucho más allá del doble crimen en el apartamento de Chardon. Lacenaire fue, en muchos sentidos, el primer criminal moderno en construir conscientemente una imagen pública, en usar el crimen como plataforma para una declaración filosófica y en convertirse en objeto de fascinación cultural más allá del horror de sus actos.

Sus memorias se publicaron tras su muerte y se convirtieron en un éxito editorial. Su figura influyó en la literatura posterior: algunos críticos ven en él un precedente directo de Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo de Dostoievski, publicada treinta años después. El propio Dostoievski era un lector ávido de la prensa criminal francesa y conocía bien el caso Lacenaire.

En el cine, el director Marcel Carné lo retrató magistralmente en Les Enfants du Paradis (1945), donde el personaje de Lacenaire es uno de los más memorables de la historia del cine francés.

El caso también puso sobre la mesa una pregunta que la criminología moderna seguiría debatiendo durante siglos: ¿puede un criminal ser inteligente, culto y consciente de sus actos y seguir siendo considerado responsable de ellos? ¿Es la maldad una elección o una fatalidad?

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