SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #07
Caso real #07

El hombre lobo de Allariz

Galicia · 1852 — «El primer asesino en serie de España»
El hombre lobo de Allariz, Galicia 1852
RETRATO OFICIAL DE MANUEL BLANCO ROMASANTA (EL HOMBRE LOBO)

La Galicia rural del siglo XIX: entre la niebla y la superstición

La Galicia de mediados del siglo XIX era un mundo aparte dentro de España. Una tierra de minifundios y aldeas dispersas entre bosques de roble y eucalipto, de caminos de barro que conectaban caseríos donde la gente vivía prácticamente igual que sus bisabuelos, de una cultura oral profundísima en la que los mitos, las leyendas y las supersticiones no eran entretenimiento sino explicación del mundo. La Santa Compaña procesionaba por los caminos nocturnos llevándose a los moribundos, las meigas curaban y maldecían con igual facilidad, y en los bosques de Ourense, cuando caía la noche, nadie sensato se aventuraba solo.

Era un mundo donde lo sobrenatural y lo cotidiano convivían sin demasiada fricción, donde una muerte inexplicable podía atribuirse tan naturalmente a un maleficio como a una enfermedad, y donde la figura del lobo, animal real y omnipresente en aquellos montes, cargaba con un peso simbólico que iba mucho más allá de su naturaleza física. El lobo era el enemigo ancestral, el depredador que atacaba los rebaños y que en las noches de invierno aullaba desde las colinas con una voz que helaba la sangre. Y el hombre lobo, el ser que cruzaba la frontera entre lo humano y lo animal, era una de las figuras más aterradoras del imaginario popular gallego.

En este contexto de niebla, superstición y caminos solitarios apareció Manuel Blanco Romasanta, el primer asesino en serie documentado de la historia de España.

Manuel Blanco Romasanta: el hombre que nadie miraba dos veces

Manuel Blanco Romasanta nació alrededor de 1809 en Regueiro, una pequeña aldea del municipio de Esgos, en la provincia de Ourense. Su historia personal comenzaba ya con un elemento perturbador: fue inscrito en el registro parroquial como niña, con el nombre de Manuela, y vivió sus primeros años como tal antes de que se reconociera su verdadero sexo. Este dato, que los psicólogos modernos han interpretado de diversas maneras, marcó de alguna forma su identidad desde el principio.

De adulto, Romasanta era un hombre de estatura muy baja, apenas metro y medio, con una constitución delgada y unos ojos claros que los testimonios de la época describen como inquietantes. Era sastre de oficio, pero también ejercía como buhonero, recorriendo los caminos de Ourense y sus alrededores con una carga de mercancías que vendía de aldea en aldea. Era conocido en toda la comarca, y precisamente ese conocimiento generalizado era su mejor coartada: nadie sospecha del hombre al que lleva años viendo pasar.

Romasanta tenía además una cualidad que resultaría fatal para sus víctimas: era encantador. Hablaba bien, inspiraba confianza, conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía. En una época en que una mujer que viajaba sola por los caminos de Galicia era extremadamente vulnerable, la compañía de un hombre conocido y aparentemente inofensivo era un regalo.

El negocio macabro: grasa humana para jabón

Entre 1844 y 1852, Romasanta se ofreció repetidamente a acompañar a mujeres que necesitaban viajar solas por los caminos de Ourense. Su oferta era siempre la misma: conocía los caminos, sabía dónde hospedarse, podía garantizar su seguridad. Las mujeres, normalmente jóvenes que iban a buscar trabajo como criadas en otras provincias o a reunirse con familiares, aceptaban agradecidas.

Ninguna llegó a su destino.

Lo que hacía Romasanta con sus víctimas salió a la luz de manera gradual y escalofriante durante la investigación que siguió a su detención. Después de asesinarlas en lugares apartados, Romasanta procesaba sus cuerpos de una manera que todavía hoy resulta difícil de asimilar: extraía la grasa de los cadáveres y la utilizaba para fabricar jabón, que después vendía en los mercados de la comarca. Algunos investigadores también señalaron indicios de canibalismo, aunque este punto nunca fue probado de manera definitiva en el juicio.

El número exacto de víctimas nunca se estableció con certeza absoluta. La investigación documentó al menos trece casos, aunque el propio Romasanta, en diferentes momentos de su proceso judicial, habló de cifras variables. Entre sus víctimas había mujeres de todas las edades, algunas de las cuales habían desaparecido años antes de que nadie empezara a relacionar sus desapariciones entre sí.

Las desapariciones y el hilo que lo desenredó todo

Durante años, las desapariciones de mujeres en los caminos de Ourense fueron atribuidas a causas diversas: accidentes, huidas voluntarias, muertes por enfermedad en tierra extraña. En una época sin comunicaciones rápidas y con un sistema policial rudimentario, la desaparición de una persona de clase humilde podía pasar semanas o meses sin ser investigada seriamente.

Lo que finalmente conectó los casos fue la persistencia de las familias de las víctimas. Varias familias de mujeres desaparecidas comenzaron a intercambiar información y descubrieron que sus hijas o madres habían sido vistas por última vez en compañía del mismo hombre: un buhonero bajito de ojos claros que recorría los caminos de Ourense.

La investigación que siguió fue lenta y laboriosa, pero fue acumulando testimonios y evidencias que apuntaban inexorablemente hacia Romasanta. Cuando finalmente fue detenido en Nombela, Toledo, en 1852, donde había intentado comenzar una nueva vida lejos de Galicia, la policía encontró en su posesión ropa y objetos que pertenecían a algunas de sus víctimas.

La defensa más insólita de la historia judicial española

Lo que convirtió el juicio de Manuel Blanco Romasanta en un acontecimiento único en la historia judicial española fue su estrategia de defensa. Romasanta no negó los crímenes. Los admitió. Pero añadió una explicación que dejó a todos los presentes sin palabras: afirmó que una maldición lo transformaba en lobo tres veces al año, y que en esos períodos de transformación perdía completamente el control sobre sus actos y mataba sin poder evitarlo.

Su relato era detallado y coherente dentro de su propia lógica perturbadora. Describía cómo sentía llegar la transformación, cómo su cuerpo cambiaba, cómo durante esos períodos se movía por el monte como un animal y atacaba a quien encontraba en su camino. Al volver a su forma humana, decía, no recordaba con claridad lo que había hecho, aunque era consciente de haber actuado bajo la influencia de la maldición.

Esta defensa, que en un tribunal moderno habría sido desestimada en cuestión de minutos, generó en el contexto del Allariz de 1852 un debate sorprendentemente serio. Una parte de la población local, imbuida de las creencias tradicionales sobre la licantropía, no encontraba la explicación de Romasanta completamente descabellada. Los hombres lobo, los lobishomes de la tradición gallega, eran parte del imaginario colectivo de aquella comarca.

El doctor Philips y la intervención de la reina

El juicio de Romasanta, celebrado en Allariz en 1852, atrajo una atención que iba más allá de las fronteras de Galicia. La noticia de un hombre juzgado por licantropía en pleno siglo XIX llegó hasta los periódicos de Madrid y de otras capitales europeas, generando una mezcla de fascinación y escándalo.

El tribunal condenó a Romasanta a muerte por garrote vil, rechazando la defensa de licantropía. Pero entonces ocurrió algo extraordinario: un médico belga llamado doctor Philips, que se había interesado por el caso desde la perspectiva de la psiquiatría naciente, envió una carta a la reina Isabel II solicitando que la condena de muerte fuera conmutada por cadena perpetua para poder estudiar el caso científicamente. Philips argumentaba que Romasanta sufría una patología mental que lo hacía un sujeto de investigación médica de valor incalculable.

La reina Isabel II, en un gesto que sorprendió a muchos, accedió a la petición y conmutó la pena de muerte por cadena perpetua. Sin embargo, el final de la historia de Romasanta sigue siendo un misterio: los registros penitenciarios posteriores no ofrecen una imagen clara de lo que ocurrió con él. Algunos documentos sugieren que murió en prisión alrededor de 1863, posiblemente de cáncer de estómago, pero la documentación no es concluyente.

El legado: el primer asesino en serie español y el nacimiento de la psiquiatría forense

El caso de Manuel Blanco Romasanta tiene varios títulos históricos que lo hacen único. Es considerado el primer asesino en serie documentado de la historia de España, en el sentido moderno del término: un individuo que cometió múltiples asesinatos a lo largo de un período prolongado siguiendo un patrón reconocible y con una metodología consistente.

Es también el primer caso en la historia judicial española en que se planteó formalmente la defensa por enajenación mental, aunque con el ropaje de la licantropía en lugar del lenguaje psiquiátrico moderno. La intervención del doctor Philips y la respuesta de la reina Isabel II señalan el momento en que la psiquiatría comenzaba a reclamar un papel en el sistema de justicia criminal, un proceso que tardaría décadas en consolidarse pero que el caso Romasanta anticipó de manera dramática.

La figura de Romasanta ha perdurado en la cultura popular gallega y española de maneras muy diversas. Ha sido objeto de novelas, películas, series de televisión y estudios académicos. La película Romasanta: La caza de la bestia (2004), protagonizada por Julian Sands, llevó su historia a audiencias internacionales. En Galicia, su figura forma parte de ese territorio fronterizo entre la historia y la leyenda donde la región es especialmente fértil.

Desde un punto de vista criminológico moderno, el caso Romasanta plantea preguntas que la psicología forense contemporánea reconocería perfectamente: ¿Qué mecanismo mental permite a un individuo aparentemente normal integrarse en una comunidad y al mismo tiempo cometer crímenes de una brutalidad extrema? ¿La defensa de licantropía era una estrategia calculada o una creencia genuina? ¿Podía Romasanta distinguir realmente entre el bien y el mal?

Estas preguntas no tienen respuesta definitiva, lo que quizás explica por qué la figura de Manuel Blanco Romasanta sigue fascinando casi dos siglos después de sus crímenes.

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