La Inglaterra victoriana y el miedo al compartimento
El ferrocarril había transformado Inglaterra de una manera que pocas innovaciones tecnológicas habían conseguido antes. En apenas tres décadas, el país se había cubierto de una red de vías que conectaba ciudades, pueblos y aldeas con una eficiencia que habría parecido milagrosa a las generaciones anteriores. Viajar de Londres a Birmingham, un viaje que en diligencia requería doce horas de traqueteo incómodo y peligroso, se hacía ahora en poco más de dos horas sentado en un vagón relativamente confortable.
Pero el ferrocarril también había creado una situación social completamente nueva y potencialmente inquietante: por primera vez en la historia, personas desconocidas se veían obligadas a compartir un espacio cerrado y del que no podían salir durante períodos prolongados. Los compartimentos de primera clase de los trenes victorianos eran pequeñas habitaciones independientes, sin pasillo que los conectara con el resto del tren, sin manera de llamar al revisor y sin posibilidad de escapar si el compañero de viaje resultaba ser peligroso.
Esta vulnerabilidad nueva y específica del viaje en tren había sido objeto de conversación y de cierta ansiedad social durante años, pero hasta julio de 1864 nadie había demostrado que el miedo tuviera una base real. Esa noche, en un compartimento de primera clase del tren North London Railway, el miedo se materializó de la manera más brutal posible.
Thomas Briggs: el banquero en el tren equivocado
Thomas Briggs era un hombre de sesenta y nueve años, jefe de contables del banco Robarts, Curtis and Co. de Londres, respetado en su profesión y perfectamente integrado en la vida tranquila y ordenada de la clase media victoriana. Vivía en Hackney y trabajaba en la City, y su rutina diaria incluía el trayecto en tren entre ambos puntos con la regularidad de un mecanismo de relojería.
La noche del 9 de julio de 1864, Briggs terminó su jornada laboral y se subió al tren de las 21:45 en la estación de Fenchurch Street con destino a Hackney. Llevaba encima, como era su costumbre, su reloj de oro y la cadena que lo acompañaba, objetos de valor considerable que en aquella época eran símbolo de posición social tanto como instrumentos para medir el tiempo.
Lo que ocurrió en el compartimento durante los pocos minutos que duró el trayecto entre las estaciones de Bow y Hackney Wick nunca fue presenciado por nadie. Lo que los revisores de la siguiente estación encontraron fue un compartimento vacío manchado de sangre, con el sombrero de Briggs en el suelo y un bastón que no le pertenecía. El reloj y la cadena habían desaparecido.
Thomas Briggs fue encontrado poco después junto a las vías, entre las estaciones de Hackney Wick y Bow, gravemente herido en la cabeza. Había sido golpeado, robado y arrojado del tren en marcha. Murió al día siguiente sin haber recuperado la consciencia.
La investigación: una joyería y un sombrero
La policía victoriana, que en aquella época estaba desarrollando sus métodos investigativos con una energía y una creatividad notables, se encontró ante un caso que presentaba características únicas. El escenario del crimen era un compartimento de tren que ya había sido usado por decenas de pasajeros antes de que alguien se diera cuenta de lo ocurrido. Los testigos eran escasos y sus recuerdos confusos.
Sin embargo, había dos pistas físicas de extraordinario valor. La primera era el bastón encontrado en el compartimento, que claramente pertenecía al asesino y que había sido abandonado en la confusión del crimen. La segunda, y más importante, era el sombrero que también había quedado en el compartimento. No era el sombrero de Briggs sino uno diferente, probablemente dejado por el asesino al llevarse por error el sombrero de su víctima.
La investigación tomó un giro decisivo cuando un joyero llamado John Death, nombre que las crónicas de la época señalaban con una ironía que no pasó desapercibida, se presentó ante la policía para reportar algo que le había inquietado. Días antes del crimen, un joven había acudido a su establecimiento a cambiar una cadena de reloj por otra diferente más una pequeña suma en metálico. La cadena que el joven había entregado correspondía exactamente a la descripción de la cadena de Thomas Briggs.
El joyero había hecho algo más: había guardado la cadena y podía identificarla con certeza. Y tenía una descripción del joven que la había traído.
Franz Müller: el sastre alemán en fuga
La descripción del sospechoso y el sombrero encontrado en el compartimento llevaron a la policía hasta Franz Müller, un sastre alemán de veinticinco años que llevaba varios meses trabajando en Londres. Müller encajaba perfectamente en la descripción del joyero y, cuando la policía fue a buscarlo a su alojamiento, descubrió que se había marchado.
Había embarcado en el vapor City of Cork con destino a Nueva York apenas dos días después del crimen, llevando consigo el sombrero de Thomas Briggs y el reloj robado. Müller creía que había puesto suficiente distancia entre él y la policía londinense como para estar a salvo.
Lo que no había calculado era la velocidad relativa de los barcos de vapor de la época comparada con la de los barcos más rápidos que la policía podía fletar. Los detectives Inspector Tanner y Sergeant Clarke, junto con el joyero Death y un amigo de Müller que podía identificarlo, embarcaron en un barco más rápido que el que transportaba al sospechoso y pusieron rumbo a Nueva York.
La carrera atlántica
Lo que siguió fue uno de los episodios más dramáticos de la historia policial victoriana: una carrera a través del Atlántico entre el asesino que huía y los detectives que lo perseguían, con el océano como escenario y la velocidad de los barcos de vapor como elemento decisivo.
Los detectives llegaron a Nueva York antes que Müller. Coordinaron con las autoridades americanas y esperaron pacientemente en el muelle mientras el City of Cork completaba su travesía. Cuando el barco atracó y los pasajeros comenzaron a desembarcar, Müller fue identificado de inmediato por sus perseguidores.
Fue arrestado en el muelle de Nueva York el 5 de agosto de 1864, menos de un mes después del crimen. Entre sus pertenencias se encontraron el sombrero de Thomas Briggs y el reloj robado, pruebas físicas que resultarían devastadoras en el juicio posterior.
El proceso de extradición que siguió fue rápido para los estándares de la época, y Müller fue devuelto a Inglaterra para ser juzgado.
El juicio y la ejecución
El juicio de Franz Müller se celebró en el Old Bailey en octubre de 1864 y duró apenas dos días. Las pruebas contra él eran abrumadoras: el testimonio del joyero, el sombrero de Briggs encontrado en su posesión, el reloj robado y la identificación por parte de varios testigos que lo habían visto en las inmediaciones de la estación aquella noche.
La defensa intentó sembrar dudas sobre la identificación de los testigos y argumentó que las pruebas físicas podían haber llegado a manos de Müller de maneras inocentes. El jurado no se convenció y lo declaró culpable en cuestión de minutos.
Franz Müller fue ahorcado el 14 de noviembre de 1864 frente a la prisión de Newgate ante una multitud estimada en cincuenta mil personas, una de las últimas y más masivas ejecuciones públicas de la historia inglesa. Según las crónicas de la época, el ambiente era festivo y ruidoso, con vendedores ambulantes, músicos callejeros y una muchedumbre que empujaba para conseguir un mejor ángulo de visión.
Müller pronunció unas últimas palabras en alemán que su intérprete tradujo como una confesión del crimen, aunque la exactitud de la traducción fue posteriormente cuestionada.
El legado: el miedo al compartimento y los cambios en los trenes
El caso Müller tuvo consecuencias prácticas inmediatas y duraderas en el diseño de los ferrocarriles británicos. La vulnerabilidad demostrada por el crimen, la posibilidad de que un pasajero pudiera ser atacado en un compartimento cerrado sin que nadie pudiera verlo ni acudir en su ayuda, generó un debate público intenso sobre la seguridad en los trenes.
Las compañías ferroviarias respondieron con dos innovaciones que llevan el nombre del caso. La primera fue la ventana Müller, una pequeña ventana adicional instalada en la partición entre compartimentos que permitía a los pasajeros ver y ser vistos desde el pasillo. La segunda fue el cordón de alarma, un sistema que permitía a los pasajeros alertar al maquinista en caso de emergencia.
Estas innovaciones, aunque modestas, representaron el primer reconocimiento explícito por parte de la industria ferroviaria de su responsabilidad hacia la seguridad de los pasajeros, un principio que hoy parece obvio pero que en 1864 requirió el impulso de un asesinato para materializarse.
El caso también fue pionero en otro sentido: fue una de las primeras ocasiones en que la coordinación policial internacional jugó un papel decisivo en la captura de un asesino. La cooperación entre la policía metropolitana de Londres y las autoridades de Nueva York para el arresto y extradición de Müller anticipó los sistemas de cooperación internacional que se convertirían en herramientas esenciales de la lucha contra el crimen en el siglo XX.