El París de Haussmann: modernidad y miseria oculta
El París de 1869 era una ciudad en plena transformación. El Barón Haussmann había pasado la última década demoliendo los barrios medievales del centro para construir los grandes bulevares, las plazas elegantes y los edificios uniformes de piedra blanca que definen el París que conocemos hoy. Era una ciudad más hermosa, más ordenada y más moderna que nunca, vitrina del poder y la sofisticación del Segundo Imperio de Napoleón III.
Pero debajo de aquella superficie luminosa y ordenada, en los barrios que Haussmann no había podido o querido transformar todavía, seguía existiendo un París de miseria, hacinamiento y violencia donde los trabajadores mal pagados malvivían en habitaciones húmedas y donde la tentación del crimen para escapar de la pobreza era una presencia constante.
En este París de contrastes extremos, un joven obrero llamado Jean Baptiste Troppmann concibió un plan que en su ambición y su brutalidad no tenía precedentes en la historia criminal francesa.
Jean Baptiste Troppmann: el obrero con grandes ambiciones
Jean Baptiste Troppmann nació en 1849 en Alsacia, entonces parte de Francia, en el seno de una familia de artesanos. Era un joven de apariencia ordinaria, de estatura media y aspecto anodino, sin ninguna característica física que lo distinguiera de los miles de trabajadores que poblaban las fábricas y talleres del París industrial. Pero detrás de aquella apariencia gris ardía una ambición desproporcionada y una disposición a la violencia que su entorno cotidiano había mantenido hasta entonces sin salida.
Troppmann había llegado a París buscando trabajo y había encontrado un empleo modesto que no satisfacía ni sus necesidades económicas ni sus aspiraciones. Lo que sí había encontrado era a Jean Kinck, un empresario alsaciano de éxito que vivía con su familia en París y que representaba exactamente el tipo de vida próspera y cómoda que Troppmann deseaba para sí mismo.
La trampa para Jean Kinck
Troppmann se acercó a Kinck con una propuesta de negocios: un proyecto conjunto que prometía beneficios extraordinarios. Los detalles exactos de la propuesta variaron según las versiones que Troppmann daría posteriormente, pero la esencia era siempre la misma: había una oportunidad de inversión excepcional que requería capital y que generaría retornos espectaculares.
Kinck, seducido por la propuesta y por la aparente seriedad del joven obrero, accedió a reunirse con él en privado para discutir los detalles. Troppmann lo citó en un lugar apartado, lejos de testigos, y allí lo asesinó.
El problema inmediato que se le presentaba a Troppmann era que la familia de Kinck no sabía que este estaba muerto. Y la familia de Kinck, específicamente su esposa Hortense y sus seis hijos, representaba un peligro potencial: tarde o temprano comenzarían a hacer preguntas sobre el paradero del padre, y esas preguntas podrían llevar a alguien hasta Troppmann.
El segundo crimen: la familia entera
La solución que Troppmann encontró para este problema fue de una frialdad que escandalizó a toda Francia cuando se conoció: eliminar también a la familia. Con un aplomo que sus contemporáneos encontraron incomprensible, Troppmann se presentó ante Hortense Kinck haciéndose pasar por un mensajero de su marido. Le explicó que Kinck los esperaba en Pantin, una localidad en las afueras de París, donde estaba preparando la mudanza para iniciar el nuevo proyecto de negocios.
Hortense Kinck, que no tenía razón alguna para desconfiar del joven que aparentemente conocía a su marido y sabía detalles de sus planes, reunió a sus seis hijos y viajó a Pantin con todas sus pertenencias y el dinero que llevaban para comenzar la nueva vida.
En Pantin, Troppmann los esperaba. Lo que siguió fue una masacre: Hortense y sus seis hijos, el menor de los cuales tenía apenas unos meses, fueron asesinados y enterrados en un campo a las afueras del pueblo. Troppmann trabajó solo y en la oscuridad, cavando las tumbas y cubriendo los cuerpos con la eficiencia fría de alguien que ha decidido no pensar en lo que está haciendo.
El descubrimiento y la captura
Los cuerpos de los Kinck fueron descubiertos apenas unos días después cuando unos trabajadores que realizaban obras en la zona notaron tierra recientemente removida y olores sospechosos. La excavación reveló los cuerpos de Hortense y sus seis hijos en un estado que las crónicas de la época describieron con un horror que impactó profundamente a la opinión pública francesa.
La investigación policial que siguió fue rápida y eficiente. Troppmann había dejado varias pistas que lo señalaban directamente: testigos que lo habían visto con la familia Kinck en Pantin, documentos en su posesión que relacionaban su nombre con el de Kinck, y el rastro del dinero robado que comenzó a emerger cuando Troppmann intentó hacer efectivos algunos de los valores que había tomado de sus víctimas.
Fue arrestado en Le Havre mientras intentaba embarcar hacia América, repitiendo el patrón de fuga transatlántica que hemos visto en otros casos de la época pero sin la suerte de llegar a poner el océano de por medio.
El juicio y la guillotina
El juicio de Jean Baptiste Troppmann se celebró en enero de 1870 y fue uno de los mayores espectáculos mediáticos del Segundo Imperio francés. La prensa de toda Francia y de buena parte de Europa cubría el proceso con una intensidad que reflejaba el horror y la fascinación que el caso había generado. El asesinato de una familia entera, incluidos seis niños, por un joven obrero movido por la codicia tocaba fibras muy profundas en la conciencia colectiva de la época.
Troppmann se defendió con una estrategia que sorprendió a todos: intentó atribuir los crímenes a otros, sugiriendo que había actuado bajo la dirección de personas más poderosas cuya identidad no podía revelar. Esta historia, inverosímil desde el principio, no convenció a nadie y fue abandonada durante el proceso.
El escritor Iván Turguénev, que se encontraba en París en aquella época, asistió a la ejecución de Troppmann el 19 de enero de 1870 y dejó un relato extraordinario de la experiencia en un ensayo que se convertiría en uno de los textos más poderosos jamás escritos sobre una ejecución pública. Turguénev describió la atmósfera en las calles de París aquella madrugada, la multitud que se había reunido para ver la guillotina funcionar, y su propia reacción ante el espectáculo con una honestidad perturbadora.
Troppmann fue guillotinado el 19 de enero de 1870. Tenía veinte años.
El legado: la masacre de Pantin y el debate sobre la pena de muerte
El caso Troppmann tuvo un impacto cultural en Francia que fue mucho más allá del crimen en sí. La masacre de la familia Kinck se convirtió en un punto de referencia en el debate sobre la criminalidad, la pobreza y la pena de muerte que recorrería Francia durante las décadas siguientes.
El relato de Turguénev sobre la ejecución, publicado con el título La ejecución de Troppmann, fue ampliamente leído y discutido, contribuyendo al debate abolicionista que ya existía en Francia y que se intensificaría en las décadas posteriores. El propio Turguénev confesaba en el texto que había acudido a la ejecución movido por una curiosidad que le avergonzaba, y que la experiencia le había dejado una impresión de repulsión y de duda sobre la justicia de aquel espectáculo que no lo abandonó durante años.
Desde un punto de vista criminológico, el caso Troppmann es notable por la escala de la violencia y por la frialdad con que fue ejecutada. Un joven de veinte años, sin antecedentes criminales conocidos, había planificado y ejecutado el asesinato de ocho personas en el espacio de pocos días, movido exclusivamente por la codicia. La pregunta de cómo era posible que alguien así existiera y operara sin que nadie lo detectara antes fue una de las que impulsaron el desarrollo de la criminología como disciplina científica en Francia.