La Inglaterra industrial del norte: viudas, seguros y silencio
El noreste de Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX era un paisaje de carbón y acero, de pueblos mineros donde los hombres bajaban cada mañana a las entrañas de la tierra y donde las mujeres gestionaban la economía doméstica con una austeridad nacida de la necesidad. Era una región dura, de inviernos largos y de una cultura comunitaria cerrada sobre sí misma donde todo el mundo conocía los asuntos de los demás y donde, paradójicamente, ciertas cosas podían pasar completamente desapercibidas durante años.
Entre esas cosas estaba la muerte. En los pueblos mineros del noreste, la muerte era una presencia cotidiana: accidentes en las minas, enfermedades respiratorias, infecciones que la medicina de la época no sabía tratar. Un hombre que enfermaba y moría no era necesariamente una anomalía que requiriera explicación. Era, tristemente, parte del orden natural de las cosas.
Esta normalización de la muerte fue el terreno perfecto en que Mary Ann Cotton construyó uno de los historiales criminales más escalofriantes de la Inglaterra victoriana.
Mary Ann Cotton: la viuda que cambiaba de pueblo
Mary Ann Cotton nació en 1832 en el condado de Durham, hija de un minero. Su infancia fue la de miles de niñas de su clase y su época: pobreza, trabajo doméstico desde muy joven, educación mínima y el horizonte limitado de un matrimonio con otro trabajador de la mina. Se casó por primera vez en 1852 con un trabajador llamado William Mowbray, con quien tuvo varios hijos.
Lo que siguió a ese primer matrimonio fue una serie de muertes que, vista en retrospectiva con el conocimiento de lo que Mary Ann Cotton era, resulta aterradora en su sistematicidad. Mowbray murió en 1865. Varios de sus hijos murieron también, en diferentes momentos y con síntomas similares. Mary Ann cobró los seguros de vida correspondientes, hizo la mudanza a otro pueblo y empezó de nuevo.
El patrón se repitió con una regularidad que habría resultado obvia si alguien hubiera tenido la visión de conjunto que ningún médico de pueblo, ningún encargado de registro local, tenía en aquella época. Mary Ann se casó cuatro veces en total. Sus maridos morían. Sus hijos morían. Sus hijastros morían. Sus madres y suegras morían. En cada caso había un seguro de vida que cobrar, una herencia que recoger, una mudanza que hacer.
El mecanismo: seguros de vida y arsénico
El método de Mary Ann Cotton era de una simplicidad brutal que reflejaba tanto su inteligencia práctica como las vulnerabilidades del sistema en que operaba. Antes de que muriera cualquier miembro de su familia inmediata, Mary Ann se aseguraba de que hubiera una póliza de seguro de vida sobre esa persona. En la Inglaterra victoriana, los seguros de vida eran productos financieros relativamente nuevos y populares entre las clases trabajadoras, que los veían como una manera de garantizar cierta seguridad ante la muerte siempre posible del sostén de la familia.
Mary Ann utilizaba este sistema exactamente al revés: en lugar de asegurar a sus seres queridos para protegerse de su muerte accidental, los aseguraba para luego provocar esa muerte y cobrar la póliza.
El agente del crimen era el arsénico, el veneno victoriano por excelencia. Los síntomas que producía, náuseas, vómitos, diarrea, debilidad extrema y finalmente la muerte, eran perfectamente compatibles con la gastroenteritis, la enfermedad más común y más frecuentemente fatal entre las clases trabajadoras de la época. Un médico de pueblo al que se llamaba a examinar a un paciente con esos síntomas tenía pocas razones para sospechar envenenamiento cuando la gastroenteritis era tan frecuente y cuando el médico no tenía el contexto para ver el patrón que se repetía en la vida de Mary Ann.
Las muertes que nadie conectó
El número exacto de víctimas de Mary Ann Cotton es difícil de establecer con certeza porque muchas de las muertes ocurrieron antes de que nadie investigara seriamente y porque los registros de la época eran imperfectos. Los historiadores que han estudiado el caso estiman que pudo haber causado entre quince y veintiún muertes a lo largo de aproximadamente veinte años.
Entre sus víctimas estaban sus cuatro maridos, al menos tres de los cuales murieron en circunstancias compatibles con el envenenamiento. También murieron la mayoría de sus hijos biológicos e hijastros, varios en edades muy tempranas. Y murieron también algunas de las mujeres que habían estado vinculadas a sus maridos antes que ella, como la primera esposa de uno de ellos, cuya muerte conveniente abrió el camino para que Mary Ann ocupara su lugar.
La geografía de los crímenes contribuyó a que pasaran desapercibidos durante tanto tiempo. Mary Ann se movía constantemente entre los pueblos del noreste de Inglaterra: Murton, Seaham Harbour, Walbottle, West Auckland. Cada muerte ocurría en un contexto diferente, ante médicos diferentes, ante vecinos que no conocían su historia anterior. Nadie tenía la visión de conjunto.
El encargado del registro y la sospecha
Lo que finalmente desencadenó la investigación fue la muerte de Charles Edward Cotton, el hijastro de Mary Ann, en julio de 1872 en West Auckland. El niño había caído enfermo con los síntomas habituales y había muerto rápidamente, y Mary Ann había pedido al médico local, el doctor Kilburn, que certificara la muerte.
Pero en esta ocasión hubo un elemento nuevo: Thomas Riley, el encargado de la parroquia local, había tenido recientemente una conversación con Mary Ann en que ella había comentado, con una ligereza que le resultó inquietante en retrospectiva, que el niño era una carga para ella y que esperaba que no tardara en quitarse de en medio. Cuando el niño murió pocas semanas después, Riley recordó aquella conversación y la mencionó al doctor Kilburn.
Kilburn, aunque no había encontrado nada concluyente en su examen del cadáver, decidió retener las muestras del estómago del niño antes de certificar la muerte. Los análisis posteriores revelaron la presencia de arsénico.
La investigación y las exhumaciones
Con la evidencia del arsénico en el cuerpo de Charles Edward Cotton, las autoridades comenzaron a investigar el pasado de Mary Ann. Lo que encontraron era devastador: una serie de muertes, todas con síntomas similares, todas precedidas por la contratación de seguros de vida, todas seguidas por el cobro de las pólizas y la mudanza a un nuevo pueblo.
Se ordenó la exhumación de varios de los cuerpos más recientes. Los análisis toxicológicos confirmaron en varios casos la presencia de arsénico en cantidades significativas. El patrón que ningún médico de pueblo había podido ver individualmente se hacía ahora perfectamente visible cuando se miraba el conjunto.
Mary Ann Cotton fue arrestada en julio de 1872. Estaba embarazada, lo que complicó inicialmente los procedimientos judiciales y generó un debate sobre si podía ser juzgada en ese estado.
El juicio y la condena
El juicio de Mary Ann Cotton se celebró en Durham en marzo de 1873 y se centró específicamente en el asesinato de Charles Edward Cotton, el caso mejor documentado y más reciente. La acusación presentó las pruebas toxicológicas, los testimonios del doctor Kilburn y de Thomas Riley, y la documentación de las pólizas de seguro.
La defensa intentó argumentar que el arsénico encontrado en el cuerpo del niño podría haber provenido de las pinturas verdes que se usaban en la casa, que contenían un compuesto arsenical utilizado como colorante. Este argumento, que en casos anteriores había generado cierta duda, no convenció al jurado.
Mary Ann Cotton fue declarada culpable del asesinato de Charles Edward Cotton y condenada a muerte. Fue ahorcada el 24 de marzo de 1873 en la prisión de Durham. La ejecución fue, según las crónicas, problemática: el verdugo calculó mal la longitud de la cuerda y Mary Ann tardó varios minutos en morir, un detalle que los periódicos de la época describieron con un morbo que dice mucho sobre el gusto victoriano por los detalles macabros.
El legado: la reforma de los seguros de vida y la detección del crimen serial
El caso de Mary Ann Cotton tuvo consecuencias importantes en varios ámbitos. En primer lugar, puso de relieve las vulnerabilidades del sistema de seguros de vida, que había sido diseñado como una herramienta de protección social pero que podía ser sistemáticamente explotado por alguien dispuesto a matar para cobrar las pólizas. Las compañías aseguradoras comenzaron a desarrollar procedimientos más rigurosos para investigar las circunstancias de las muertes antes de pagar las reclamaciones.
En segundo lugar, el caso fue uno de los primeros en que las autoridades reconocieron explícitamente el problema del crimen serial, aunque todavía no existía ese término. La dificultad de detectar un patrón de asesinatos cometidos por la misma persona en diferentes lugares y a lo largo de un período prolongado era evidente, y el caso Cotton empujó a las autoridades a pensar en maneras de compartir información entre diferentes jurisdicciones.
En tercer lugar, el caso contribuyó al debate sobre la regulación del arsénico. La facilidad con que Mary Ann Cotton había podido adquirir repetidamente la sustancia que usaba para matar contribuyó a la presión que finalmente llevó a una regulación más estricta de la venta de venenos en el Reino Unido.
Mary Ann Cotton se convirtió también en una figura del folklore popular del noreste de Inglaterra. Durante generaciones, los niños del condado de Durham cantaron una cancioncilla infantil sobre ella que comenzaba con las palabras Mary Ann Cotton, she's dead and she's rotten, un testimonio perturbador de cómo los crímenes más oscuros pueden infiltrarse en la cultura popular de una manera que mezcla el horror con la normalización.