SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #18
Caso real #18

El erudito del crimen

Binghamton · 1871 — «El sabio que eligió el crimen»
El erudito del crimen, Edward Rulloff, Binghamton 1871
RETRATO OFICIAL DEL ASESINO EDWARD RULLOFF

La América de la Reconstrucción: violencia, cultura y contradicción

La América de principios de la década de 1870 era un país que intentaba recuperarse de las heridas de la Guerra Civil y que vivía la turbulenta era de la Reconstrucción. En el noreste del país, lejos de los conflictos raciales del sur, ciudades como Binghamton en el estado de Nueva York representaban el sueño americano en su versión más modesta y genuina: comunidades de trabajadores y pequeños comerciantes que construían sus vidas con esfuerzo y honradez.

En este contexto de valores trabajadores y comunidades ordenadas apareció uno de los criminales más extraordinarios y paradójicos de la historia americana del siglo XIX: Edward Howard Rulloff, un hombre cuya vida era una contradicción viviente entre la cultura más refinada y la violencia más brutal.

Edward Rulloff: el sabio autodidacta

Edward Rulloff nació en 1819 en Canadá y desde joven mostró una capacidad intelectual extraordinaria que desarrolló de manera completamente autodidacta. Sin acceso a una educación universitaria formal, Rulloff aprendió por su cuenta latín, griego, alemán, francés y varias otras lenguas, y desarrolló conocimientos profundos en lingüística, filosofía y ciencias naturales.

Su reputación intelectual era genuina y reconocida. Mantenía correspondencia regular con académicos y estudiosos de varias universidades americanas, que lo respetaban por la profundidad y la originalidad de sus reflexiones sobre la historia de las lenguas. Estaba trabajando en un libro sobre el origen de las lenguas que algunos de sus corresponsales académicos consideraban una contribución potencialmente importante al campo.

Pero detrás de esta fachada intelectual había un historial criminal que comenzaba décadas atrás. Rulloff había sido condenado en 1845 por el asesinato de su esposa e hija, aunque la condena fue posteriormente reducida. Había escapado de la cárcel en múltiples ocasiones, había sido recapturado y había pasado años alternando entre períodos de libertad en que ejercía como intelectual y médico alternativo y períodos de encarcelamiento.

La noche del asalto a Binghamton

La noche del 17 de agosto de 1870, Rulloff y dos cómplices entraron a robar en el establecimiento comercial de los hermanos Halbert en Binghamton. Buscaban el dinero de la caja registradora.

Lo que no habían previsto era la presencia de dos empleados jóvenes que habían decidido quedarse a dormir en el local esa noche: Frederick Merrick, de dieciocho años, y un compañero llamado Burrows. Cuando los ladrones irrumpieron en el establecimiento, los jóvenes intentaron enfrentarse a ellos.

En el forcejeo que siguió, Frederick Merrick recibió un disparo y murió. Burrows también fue atacado pero logró escapar saltando por una ventana y alertando a los vecinos. Los asaltantes huyeron, pero en la confusión dos de los cómplices de Rulloff, los hermanos Dexter y William Jarvis, cayeron al río Chenango huyendo de la persecución y se ahogaron. Sus cuerpos fueron recuperados posteriormente.

La muerte de Frederick Merrick transformó el robo en asesinato y desencadenó una investigación policial intensa. Rulloff fue identificado gracias a la descripción proporcionada por Burrows y a objetos encontrados en los cuerpos de los Jarvis que lo vinculaban a él. Fue arrestado en Nueva York poco después.

El juicio y la fascinación nacional

El juicio de Edward Rulloff se celebró en enero de 1871 en Binghamton y fue uno de los más comentados en la historia del estado de Nueva York en aquella época. La razón no era tanto el crimen en sí, trágico pero no inusual, sino la personalidad del acusado.

La contradicción entre el erudito que citaba a Virgilio y al griego clásico durante su propio juicio y el asesino que había matado a un muchacho inocente de dieciocho años por unos pocos dólares era demasiado llamativa para que la prensa la ignorara. Los periódicos de Nueva York, Boston, Filadelfia y otras ciudades americanas publicaron largos artículos sobre el caso, reflexionando sobre la naturaleza del mal y sobre la posibilidad de que la cultura y la inteligencia no fueran garantías de rectitud moral.

Rulloff se defendió en el juicio con una elocuencia que impresionó a todos los presentes, incluyendo a sus jueces. Argumentó su inocencia con sofisticación, cuestionó los procedimientos y citó precedentes legales con la facilidad de un abogado experimentado. No sirvió de nada: las pruebas contra él eran abrumadoras y el jurado lo declaró culpable de asesinato en primer grado en cuestión de horas.

Antes de ser ahorcado, Rulloff concedió entrevistas a periodistas y académicos que acudieron a visitarlo en la celda. Siguió trabajando en su libro sobre las lenguas hasta los últimos días de su vida, dictando notas a sus visitantes con la misma concentración que habría puesto en cualquier otra circunstancia. El manuscrito fue publicado póstumamente por algunos de sus admiradores intelectuales.

El filósofo y escritor Mark Twain, que siguió el caso con gran interés, escribió un artículo en el que reflexionaba sobre la paradoja de Rulloff: ¿cómo era posible que una mente tan brillante pudiera albergar también tal brutalidad? Era una pregunta que la época no tenía respuesta satisfactoria.

La ejecución y el epílogo científico

Edward Rulloff fue ahorcado el 18 de mayo de 1871 en Binghamton. Fue la última ejecución pública realizada en el estado de Nueva York, un hecho histórico que añadió otro elemento notable a un caso que ya tenía suficientes.

Después de la ejecución, el cerebro de Rulloff fue extraído y conservado para estudio científico. Los científicos de la época, que seguían las teorías de Lombroso sobre las características físicas de los criminales, esperaban encontrar en el cerebro de Rulloff evidencias de su criminalidad. En cambio, encontraron uno de los cerebros más grandes jamás medidos en América hasta ese momento, un dato que contradecía cualquier teoría simplista sobre la relación entre la inteligencia y la moralidad.

El cerebro de Rulloff se conserva todavía hoy en el Museo Wilder de Neurología de la Universidad de Cornell, donde sigue siendo objeto de ocasional curiosidad científica y cultural.

El legado: talento, crimen y la paradoja americana

El caso de Edward Rulloff plantea preguntas que la criminología moderna ha intentado responder con instrumentos más sofisticados que los disponibles en 1871, pero que en su esencia siguen siendo tan perturbadoras como entonces.

¿Cómo es posible que alguien con capacidades intelectuales genuinas y reconocidas elija repetidamente el camino del crimen? ¿Es la delincuencia siempre un producto de la ignorancia o puede coexistir con la más genuina erudición? ¿Dice algo sobre la naturaleza del talento el hecho de que pueda desarrollarse con total independencia de cualquier orientación moral?

El caso también puso de relieve las limitaciones del sistema penitenciario americano de la época, que había liberado a Rulloff en múltiples ocasiones a pesar de su historial de violencia. La incapacidad del sistema para identificar a reincidentes peligrosos antes de que cometieran nuevos crímenes era una vulnerabilidad que el caso Rulloff expuso de manera dramática.

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