SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #20
Caso real #20

El asesino de los caminos de Vitoria

País Vasco · 1870s — «El Sacamantecas»
El asesino de los caminos de Vitoria, 1870s
IMAGEN REAL DE JUAN DÍAZ DE GARAYO

El País Vasco rural y el miedo nocturno

El País Vasco de los años setenta del siglo XIX era una región que vivía en una tensión permanente entre la modernidad que llegaba desde las ciudades industriales del litoral y el mundo rural tradicional que resistía el cambio en los valles interiores. Vitoria, capital de Álava, era una ciudad de provincias respetable y ordenada, rodeada de caminos que conectaban los pueblos y aldeas de la comarca con el mercado central.

Estos caminos eran la arteria circulatoria de la economía rural: por ellos viajaban los agricultores con sus productos, los jornaleros que buscaban trabajo, las mujeres que iban al mercado y regresaban a sus hogares al caer la tarde. Y por ellos comenzaron a aparecer, hacia 1870, los cuerpos de mujeres que habían sido atacadas y asesinadas en algún punto solitario del camino.

El miedo que no encontraba explicación

Las primeras muertes fueron tratadas como incidentes aislados. Los caminos rurales de la España del siglo XIX no eran lugares seguros, y los ataques a viajeros solitarios eran suficientemente frecuentes como para no despertar necesariamente la alarma de una pauta criminal sistemática. Pero a medida que los cuerpos seguían apareciendo, siempre mujeres, siempre solas, siempre en tramos apartados de los caminos que rodeaban Vitoria, la comarca comenzó a entrar en un estado de miedo colectivo que paralizaba la vida cotidiana.

Las mujeres dejaron de viajar solas al anochecer. Los maridos acompañaban a sus esposas al mercado y esperaban para volver con ellas. Los alcaldes de los pueblos organizaban grupos de vigilancia. Y los rumores, alimentados por el miedo y por la incapacidad de las autoridades para identificar al responsable, comenzaron a crecer hasta convertirse en leyenda.

Se habló de un monstruo, de una criatura sobrenatural que acechaba en la oscuridad de los caminos. En una región con una tradición folclórica rica en seres sobrenaturales y presencias misteriosas, la explicación sobrenatural no resultaba completamente descabellada para muchos habitantes de la comarca. El miedo daba forma al agresor desconocido, convirtiéndolo en algo más grande y más aterrador que cualquier ser humano.

Juan Díaz de Garayo: el jornalero invisible

La realidad era, como casi siempre, más prosaica y de alguna manera más perturbadora que la leyenda. El hombre que aterrorizaba los caminos de Vitoria era Juan Díaz de Garayo, un jornalero de aspecto completamente ordinario que trabajaba en las tierras de varios propietarios de la comarca y que era conocido y saludado por todos sin que nadie le prestara una atención especial.

Garayo era el tipo de hombre que la gente veía sin ver. No tenía características físicas notables, no tenía un comportamiento que lo distinguiera de los miles de jornaleros rurales que poblaban la Álava de la época. Trabajaba, bebía en las tabernas locales con moderación, cumplía con sus obligaciones laborales y no llamaba la atención de nadie.

Y cuando caía la tarde y los caminos se vaciaban, Garayo atacaba.

Sus víctimas eran siempre mujeres que volvían solas a sus casas después del trabajo o del mercado. El patrón era siempre el mismo: las atacaba por sorpresa en algún tramo solitario del camino, las mataba y desaparecía en la oscuridad. No robaba, al menos no de manera sistemática, lo que complicaba la identificación de un móvil claro y, por tanto, la investigación.

La captura y la defensa de la locura

Garayo fue detenido finalmente gracias a la acumulación de testimonios de personas que lo habían visto en las proximidades de los lugares donde habían aparecido los cuerpos. Ningún testigo individual podía establecer su culpabilidad con certeza, pero el conjunto de testimonios dibujaba un patrón que apuntaba inequívocamente hacia él.

El juicio que siguió fue notable por la estrategia de defensa empleada. Los abogados de Garayo argumentaron que su cliente no era responsable de sus actos porque sufría una forma de locura que lo privaba del control sobre sí mismo en determinados momentos. Para sustentar este argumento recurrieron al doctor José María Esquerdo, uno de los psiquiatras más conocidos de la España de la época y un pionero en la introducción de los conceptos de la psiquiatría moderna en el sistema judicial español.

Esquerdo examinó a Garayo y presentó ante el tribunal un informe detallado que argumentaba que el acusado sufría una enajenación mental que hacía imposible considerarlo plenamente responsable de sus actos. Era un argumento que en España, donde la psiquiatría forense estaba dando sus primeros pasos, representaba algo genuinamente nuevo y que generó un debate jurídico y médico de considerable importancia.

El tribunal rechaza la locura

El tribunal, sin embargo, rechazó los argumentos de Esquerdo. La decisión fue que Garayo era plenamente responsable de sus actos y fue condenado a muerte. Fue ejecutado a garrote vil, la forma de ejecución característica de la España de la época.

La ejecución de Garayo no puso fin al debate que su caso había generado. La intervención de Esquerdo y el argumento de la enajenación mental habían plantado una semilla que tardaría años en florecer pero que eventualmente transformaría la manera en que el sistema judicial español trataba a los acusados con posibles trastornos mentales.

El legado: el primer debate español sobre responsabilidad penal y locura

El caso de Juan Díaz de Garayo, conocido popularmente como el Sacamantecas de Vitoria, es recordado en la historia del derecho español como el primer caso en que la defensa por enajenación mental fue planteada de manera sistemática y con el respaldo de la psiquiatría médica.

La figura del doctor Esquerdo, que llevaría después este debate a otros foros y que se convertiría en uno de los reformadores más influyentes del tratamiento de los enfermos mentales en España, tiene en el caso Garayo uno de sus primeros grandes episodios públicos.

Desde un punto de vista criminológico, el caso anticipa debates que la psicología forense contemporánea reconoce perfectamente: ¿Cuándo un trastorno mental elimina o reduce la responsabilidad penal? ¿Cómo debe el sistema judicial equilibrar la necesidad de proteger a la sociedad con el reconocimiento de que algunos criminales son también enfermos que necesitan tratamiento? ¿Es la ejecución de un individuo posiblemente enfermo mental una respuesta adecuada de la justicia?

El nombre popular de Garayo, el Sacamantecas, refleja la manera en que los crímenes sin móvil aparente y de especial brutalidad tienden a generar en el imaginario popular explicaciones que van más allá de la criminalidad ordinaria, buscando en lo monstruoso o lo sobrenatural una respuesta a lo que la mente racional no puede asimilar fácilmente.

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