La Inglaterra victoriana y el ferrocarril como escenario del crimen
La Inglaterra de 1881 era un país donde el ferrocarril había dejado de ser una novedad para convertirse en el sistema nervioso de la vida cotidiana. Millones de personas viajaban cada día en tren, y con esa normalización había llegado también una nueva ansiedad: la del compartimento cerrado, el espacio del que no podías salir y en el que podías quedar atrapado con el compañero equivocado.
El caso de Percy Lefroy Mapleton no fue el primer crimen cometido en un tren británico, pero sí fue el primero en el que la prensa jugó un papel decisivo en la captura del asesino, anticipando técnicas de investigación que hoy nos parecen obvias pero que en 1881 eran completamente revolucionarias.
Frederick Gold: el comerciante en el tren equivocado
Frederick Gold era un comerciante retirado de sesenta y cuatro años que el 27 de junio de 1881 subió al tren de Brighton con destino a Londres. Era un hombre de buena posición, bien vestido, y llevaba consigo su reloj de oro y la cadena que lo acompañaba, objetos de considerable valor.
En el mismo compartimento de primera clase viajaba un joven de aspecto nervioso y enfermizo llamado Percy Lefroy Mapleton. Mapleton tenía veintiún años, era periodista frustrado con grandes ambiciones y muy poco dinero, y llevaba encima una pistola.
Lo que ocurrió durante el trayecto entre Brighton y Londres no tuvo testigos directos. Lo que los revisores encontraron en la estación de llegada fue un compartimento manchado de sangre y a Mapleton solo, con heridas superficiales que explicó torpemente como el resultado de un asalto por parte de otro pasajero que había saltado del tren. El reloj y la cadena de Gold habían desaparecido. El cuerpo de Gold fue encontrado posteriormente junto a las vías, entre las estaciones de Balcombe y Horley: había sido disparado y arrojado del tren en marcha.
La investigación y el retrato en la prensa
La investigación policial tomó un giro sin precedentes cuando las autoridades tomaron una decisión que nunca se había tomado antes en la historia criminal británica: entregaron a la prensa una descripción detallada del sospechoso y le pidieron que la publicara junto con un retrato dibujado basándose en los testimonios de los testigos.
El retrato de Mapleton apareció en la portada del Daily Telegraph y otros periódicos de tirada nacional. Era una imagen imperfecta, dibujada a partir de descripciones verbales, pero era suficientemente reconocible como para que alguien que lo conociera pudiera identificarlo.
Y así ocurrió. Un casero llamado Thomas Brown, que había alquilado a Mapleton una pequeña habitación en Stepney el día anterior al crimen, reconoció el dibujo en el periódico y avisó a la policía inmediatamente. Mapleton fue arrestado en su habitación el 8 de julio de 1881, con el trozo de la cadena de Gold todavía en su posesión.
El juicio y la horca
El juicio de Percy Lefroy Mapleton se celebró en noviembre de 1881 en el Old Bailey. Las pruebas contra él eran abrumadoras: la cadena de Gold encontrada en su poder, los testimonios de los empleados ferroviarios que lo habían visto llegar a la estación manchado de sangre, y la identificación por parte del casero Brown.
Mapleton intentó varias defensas contradictorias que el jurado desestimó sin dificultad. Fue declarado culpable de asesinato y condenado a muerte. Fue ahorcado el 29 de noviembre de 1881 en la prisión de Lewes.
El legado: el retrato en prensa como herramienta policial
El caso Mapleton es históricamente significativo por varias razones. En primer lugar, fue el primer caso en la historia criminal británica en que un retrato del sospechoso publicado en la prensa llevó directamente a su captura. Esta técnica, que hoy reconocemos en los retratos robot distribuidos por los medios de comunicación, fue absolutamente pionera en 1881.
En segundo lugar, el caso puso de relieve la extraordinaria eficacia de la prensa de masas como herramienta de investigación criminal. En una época en que los periódicos llegaban a millones de hogares cada mañana, la posibilidad de convertir a toda la población en testigos potenciales era una ventaja investigativa de primer orden que la policía estaba apenas comenzando a explorar.
El caso también tuvo consecuencias en el diseño de los trenes británicos: las compañías ferroviarias intensificaron los esfuerzos para mejorar la comunicación entre compartimentos y la capacidad de los pasajeros de alertar al personal del tren en caso de emergencia.