La Hungría de principios del siglo XX y la soledad de las mujeres
La Hungría de principios del siglo XX era parte del Imperio Austro-Húngaro, una nación multinacional que comenzaba a mostrar las tensiones que la Primera Guerra Mundial haría estallar. Era también una sociedad en transición, donde las ciudades crecían rápidamente mientras el campo mantenía estructuras sociales más tradicionales, y donde el desarrollo de los servicios postales y la prensa había creado la posibilidad de comunicaciones a distancia que abrían nuevas oportunidades, incluyendo oportunidades para el fraude sentimental.
En las ciudades y en los pueblos de la Hungría de aquella época había muchas mujeres solas: viudas, solteras, mujeres divorciadas. La sociedad no ofrecía muchas opciones a estas mujeres, y la perspectiva del matrimonio, especialmente con un hombre que pareciera próspero y atento, era una aspiración que Béla Kiss entendió perfectamente y explotó sin piedad.
Béla Kiss: el viudo en busca de esposa
Béla Kiss era un hojalatero que vivía en Cinkota, una pequeña localidad cerca de Budapest. Era un hombre de mediana edad, de aspecto agradable y maneras correctas, y tras enviudar comenzó a publicar anuncios en los periódicos de Budapest y de otras ciudades húngaras buscando una nueva esposa.
Los anuncios estaban bien redactados y presentaban a Kiss como un hombre estable, trabajador y de buen corazón que buscaba una compañera para compartir su vida. Recibía numerosas respuestas de mujeres que correspondían al perfil que el anuncio sugería como ideal: maduras, con algunos ahorros, dispuestas a comenzar una nueva vida.
La correspondencia que seguía a las respuestas era cuidadosa y seductora. Kiss era un escritor de cartas hábil que sabía exactamente qué decir para ganarse la confianza de sus corresponsales.
Las mujeres que desaparecían
Las mujeres que contestaban a los anuncios de Kiss y comenzaban una correspondencia con él tendían a desaparecer. Acudían a visitarlo llevando consigo sus ahorros, sus joyas y sus pertenencias, y después nadie volvía a saber de ellas.
Kiss tenía una explicación para cada desaparición: la mujer había resultado ser incompatible con él, o había decidido marcharse a otra ciudad, o había encontrado a otro hombre. Las familias de las desaparecidas, en muchos casos, tardaban meses en hacer preguntas serias, y cuando las hacían las autoridades locales no tenían mecanismos para conectar las desapariciones entre sí.
La verdad era que Kiss mataba a las mujeres estrangulándolas y escondía los cuerpos en grandes bidones metálicos que conservaba en su propiedad, preservados en alcohol.
El descubrimiento y la guerra providencial
El descubrimiento llegó en 1914, cuando soldados del ejército húngaro que buscaban reservas de alcohol para uso militar en Cinkota encontraron los bidones de Kiss. Al abrirlos, no encontraron alcohol sino los cuerpos de mujeres preservadas en él.
La investigación que siguió reveló que Kiss había asesinado a al menos veinticuatro mujeres, aunque el número real pudo haber sido mayor. Los cuerpos sin sangre que aparecieron en los bidones llevaron a la prensa a referirse a Kiss como el vampiro de Cinkota o de los bidones.
Pero cuando las autoridades fueron a arrestar a Kiss, descubrieron que este había sido movilizado por el ejército húngaro al comienzo de la Primera Guerra Mundial, que había estallado pocas semanas antes. Los registros militares mostraban que había muerto en combate en algún lugar del frente, aunque el cuerpo nunca fue definitivamente identificado.
El misterio sin resolver
Lo que siguió al descubrimiento fue una de las búsquedas más frustradas de la historia criminal europea. Surgieron repetidamente rumores de que Kiss seguía vivo: un soldado que afirmaba haberlo visto en el frente serbio, informes de que había sido visto en Budapest después del armisticio, incluso un reporte de la policía de Nueva York de los años veinte que afirmaba haberlo localizado en la ciudad sin poder capturarlo.
Ninguno de estos avistamientos fue nunca verificado. Béla Kiss permanece hasta hoy como uno de los asesinos más buscados de la historia que nunca fue capturado, un fantasma que la Primera Guerra Mundial ayudó a hacer desaparecer en el momento preciso en que la justicia estaba a punto de alcanzarlo.
El legado: la guerra como escudo para el criminal
El caso Béla Kiss plantea una de las preguntas más inquietantes de la historia criminal del siglo XX: ¿cuántos criminales aprovecharon el caos de la Primera Guerra Mundial para desaparecer, cambiar de identidad y comenzar una nueva vida? La guerra, con sus millones de muertos, sus registros destruidos y su capacidad para borrar identidades, fue para algunos un instrumento involuntario de impunidad.
Desde el punto de vista de la investigación criminal, el caso Kiss fue también un ejemplo de las limitaciones de los sistemas policiales de principios del siglo XX para coordinar investigaciones a nivel nacional e internacional. Las desapariciones de las víctimas habían ocurrido en diferentes ciudades y regiones, y ningún cuerpo policial había tenido la visión de conjunto necesaria para conectarlas antes de que el descubrimiento fortuito de los bidones lo hiciera inevitable.