La Andalucía del caciquismo y el bandolerismo romántico
La Andalucía de principios del siglo XX era una región que arrastraba siglos de profundas injusticias sociales. El sistema de los latifundios concentraba la tierra en manos de unos pocos propietarios mientras la inmensa mayoría de la población rural vivía como jornalera en condiciones de miseria crónica, dependiente del trabajo estacional que los grandes propietarios ofrecían o negaban según sus intereses.
En este contexto de injusticia estructural y de un Estado que servía frecuentemente a los intereses de los poderosos antes que a los de los humildes, el bandolerismo tenía una raíz social real que lo distinguía, al menos en la percepción popular, de la criminalidad común. El bandolero que robaba a los ricos y que se enfrentaba a la Guardia Civil era visto por amplios sectores de la población rural como un rebelde, como alguien que hacía lo que todos querían hacer pero no se atrevían.
Esta tradición del bandolero romántico andaluz tenía nombres legendarios que habían pasado a formar parte del folklore de la región: el Tempranillo, Diego Corrientes, Pasos Largos. Francisco Ríos García, conocido como el Pernales, fue el último de esa estirpe.
Francisco Ríos «el Pernales»: el jornalero que se echó al monte
Francisco Ríos García nació alrededor de 1879 en Estepa, en la provincia de Sevilla, en una familia de jornaleros sin tierras. Su apodo, el Pernales, hacía referencia a las piernas, y las crónicas de la época lo describían como un hombre de constitución fuerte y de una agilidad a caballo que le había dado una ventaja decisiva en sus enfrentamientos con la Guardia Civil.
La historia de cómo Francisco Ríos se convirtió en bandolero tiene las características típicas de la biografía romántica que la prensa de la época construyó alrededor de su figura: un joven que trabajaba honradamente como jornalero pero que fue víctima de una injusticia, ya fuera a manos de un terrateniente abusivo o de las propias autoridades, y que decidió que prefería vivir fuera de la ley antes que seguir soportando la humillación.
Sea cual fuera el episodio específico que lo empujó al monte, lo cierto es que hacia 1903 el Pernales ya era un forajido conocido que operaba en la sierra entre Sevilla, Córdoba y Málaga, asaltando cortijos y a los viajeros que cruzaban los caminos de la región.
El bandolero y su leyenda
Lo que distinguió al Pernales de un simple ladrón y lo convirtió en una figura legendaria fue una combinación de factores que la prensa supo explotar con habilidad. Era valiente hasta la temeridad en sus enfrentamientos con la Guardia Civil, lo que generaba el tipo de historias de audacia que el público leía con entusiasmo. Era generoso con los pobres, al menos según la versión popular, repartiendo parte del botín entre quienes no tenían nada. Y era capaz de escapar de situaciones que habrían atrapado a cualquier otro hombre gracias a su conocimiento del terreno y a su habilidad ecuestre.
La prensa sevillana y madrileña siguió sus aventuras con una atención que el propio Pernales debe haber encontrado a la vez útil e incómoda. Útil porque la cobertura mediática alimentaba el miedo de sus potenciales víctimas y la admiración de sus potenciales protectores en las aldeas donde buscaba refugio. Incómoda porque también alertaba a la Guardia Civil y dificultaba sus movimientos.
Asaltó fincas y viajeros por toda la Andalucía oriental durante varios años, siendo siempre capaz de eludir los cercos que la Guardia Civil organizaba para atraparlo. Su fama creció con cada escapada hasta convertirse en algo más que un criminal buscado: era un personaje, una figura que encarnaba el resentimiento social de los de abajo contra los de arriba.
El cerco y la muerte
A medida que los años pasaban y los recursos dedicados a su captura aumentaban, el cerco alrededor del Pernales fue estrechándose inevitablemente. Había sobrevivido a varios enfrentamientos con la Guardia Civil, había cambiado repetidamente de zona de operaciones y había logrado mantener una red de apoyos en las aldeas de la sierra que le permitían obtener comida, información y ocasionalmente refugio.
Pero en el verano de 1907 la situación llegó a su límite. El Pernales y su compañero El Vivillo intentaron escapar hacia el norte de España, alejándose de la región donde eran más conocidos y donde la vigilancia era más intensa. Fue una decisión que los alejó de sus apoyos habituales y que los dejó más expuestos.
En agosto de 1907, una partida de la Guardia Civil dio con ellos en la provincia de Huesca, muy lejos de su Andalucía natal. En el enfrentamiento que siguió, el Pernales fue abatido a tiros. Tenía aproximadamente veintiocho años.
Su muerte fue noticia en toda España. Los periódicos que habían seguido sus aventuras durante años publicaron extensas necrológicas que mezclaban la condena oficial de su vida criminal con una admiración apenas disimulada por la figura romántica que había representado.
El legado: el último bandolero y el fin de una época
Francisco Ríos el Pernales es recordado en Andalucía como el último de los grandes bandoleros, el cierre de una tradición que había comenzado siglos antes y que la modernización del Estado español, con una Guardia Civil más eficiente, mejores comunicaciones y una estructura administrativa más penetrante, había hecho finalmente imposible.
Su figura ha perdurado en la cultura popular andaluza de maneras muy diversas. Ha sido objeto de coplas, romances, obras de teatro y estudios históricos que intentan separar la leyenda de la realidad. La leyenda que lo presenta como un Robin Hood andaluz que robaba a los ricos para dar a los pobres es probablemente una idealización considerable de una realidad más compleja y más violenta.
Pero la persistencia de esa leyenda dice algo real sobre las condiciones sociales de la Andalucía de principios del siglo XX y sobre el resentimiento que generaban un sistema económico y político percibido como profundamente injusto por amplios sectores de la población rural.
El Pernales fue el último en hacer a caballo lo que la modernidad haría imposible: vivir fuera de la ley en los caminos de Andalucía. Con él se cerró una página de la historia social española que no ha vuelto a abrirse.