El París de los años treinta
La Francia de la segunda mitad de los años treinta vivía un tiempo de tensiones e incertidumbre. La sombra de la crisis económica, la inestabilidad política y la creciente amenaza de la guerra en Europa marcaban el ambiente, mientras París conservaba aún su aura de capital cosmopolita, refugio de artistas, viajeros y forasteros de toda procedencia. En esa ciudad de cafés, hoteles y villas en los alrededores, era fácil que personas de distintos países se cruzaran y se confiaran unas a otras sin demasiadas precauciones.
Era también una época en la que la justicia francesa todavía conservaba un rito ancestral: la ejecución pública mediante la guillotina, heredada de la Revolución, que se llevaba a cabo ante el gentío congregado en la calle. Aquel espectáculo, que muchos consideraban ya un anacronismo bárbaro, seguía atrayendo a multitudes. Sobre este telón de fondo, entre la elegancia parisina y la pervivencia de un castigo medieval, se desarrolló el caso de Eugen Weidmann.
Eugen Weidmann, el forastero de modales finos
Eugen Weidmann era un hombre de origen alemán, culto, de aspecto cuidado y modales refinados, que sabía inspirar confianza con su trato cortés y su dominio de varios idiomas. Bajo esa apariencia de caballero educado se ocultaba un criminal frío y calculador, que utilizaba su encanto como herramienta para acercarse a sus víctimas y despojarlas de su dinero. No era un asesino impulsivo, sino un depredador que planificaba sus golpes y elegía a personas a las que pudiera atraer con promesas o pretextos creíbles.
Weidmann se movía con soltura en el ambiente cosmopolita de París, donde un extranjero de buenos modales no llamaba la atención. Aprovechaba su capacidad de seducción social para ganarse la confianza de viajeros, turistas y personas de cierta posición, a quienes después citaba en lugares apartados con la excusa de un negocio, una visita o un viaje. La amabilidad era su anzuelo, y la soledad de la víctima, su oportunidad.
El método: confianza, villa apartada y disparo
El procedimiento de Weidmann combinaba la astucia del estafador con la brutalidad del asesino. Tras ganarse la confianza de sus elegidos, los conducía a una villa apartada en los alrededores de París o los implicaba en un supuesto viaje, y una vez a solas con ellos acababa con sus vidas a tiros, con una pistola, para apoderarse de su dinero y sus pertenencias. El móvil era siempre el robo, y la muerte, el medio frío de asegurarse el botín y eliminar al testigo.
Entre sus víctimas figuraron personas de distintas procedencias. Una de las más recordadas fue Jean de Koven, una joven bailarina estadounidense que se encontraba en París y a la que Weidmann atrajo con sus maneras corteses antes de asesinarla. También mató, entre otros, a un chófer a quien quitó la vida para robarle el automóvil. Cada crimen seguía la misma lógica: aproximación amable, traslado a un lugar solitario y disparo mortal, con el dinero de la víctima como objetivo último.
La investigación y la tarjeta delatora
El rastro de desapariciones de personas que habían sido vistas en compañía de un extranjero elegante terminó alarmando a la policía francesa, que comenzó a tirar de los hilos disponibles. La clave, según los registros del caso, llegó de un detalle aparentemente menor: una tarjeta que Weidmann había dejado en casa de una de sus víctimas. Aquel descuido, un pequeño rastro material, permitió a los investigadores identificarlo y seguirle la pista.
Cuando la policía dio con él y trató de detenerlo, Weidmann ofreció resistencia, pero finalmente fue capturado. A partir de ahí, la investigación reconstruyó la cadena de crímenes y reunió las pruebas que lo vinculaban con las muertes. El caballero de modales finos quedó al descubierto como un asesino múltiple movido por la codicia, y su detención puso fin a una serie que había sembrado la inquietud en la región parisina.
El juicio y la última ejecución pública
El proceso contra Eugen Weidmann atrajo una atención enorme. Las pruebas y los testimonios dibujaron el retrato de un criminal calculador, y el tribunal lo condenó a muerte. Su ejecución, llevada a cabo en la guillotina en 1939, estaba destinada a ser un acto ejemplar, pero acabó pasando a la historia por motivos que nadie esperaba. Ante el cadalso se congregó una multitud cuyo comportamiento —el bullicio, el morbo, el desorden— resultó tan escandaloso que conmocionó a la opinión pública.
El espectáculo de aquella muchedumbre agolpada para presenciar la decapitación provocó tal repulsa que las autoridades francesas decidieron poner fin a una práctica que consideraban ya indigna. La ejecución de Weidmann fue, en consecuencia, la última ejecución pública de Francia: a partir de entonces, la pena capital se aplicaría tras los muros, lejos de la mirada del gentío. El asesino que había buscado siempre la discreción terminó protagonizando, sin pretenderlo, el final de un rito de siglos.
El legado: el fin de un espectáculo
El caso de Eugen Weidmann perdura por una doble razón. Por un lado, es el ejemplo del criminal que convierte la cortesía en arma, que mata por dinero a quienes se han fiado de su trato afable; por otro, está indisolublemente unido a un hito histórico, el fin de las ejecuciones públicas en Francia. Lo que debía ser una advertencia colectiva se transformó en un argumento contra el propio espectáculo del castigo.
Aquella mañana de 1939, el furor de la multitud ante la guillotina dijo más sobre la sociedad que contemplaba la muerte que sobre el reo que la sufría. Francia comprendió que el rito heredado de la Revolución se había vuelto insostenible, y lo recluyó para siempre tras las paredes de la prisión. Así, el nombre de Weidmann quedó asociado no solo a sus crímenes, sino al momento en que un país decidió que la muerte, incluso la del peor de los asesinos, no debía ser ya un espectáculo ante la multitud.