El Lancaster de entreguerras y el médico extranjero
En la primera mitad de los años treinta, Lancaster era una ciudad del noroeste de Inglaterra, ordenada y un poco gris, donde la respetabilidad de clase media se medía en buenos modales y en silencios. A esa comunidad había llegado un médico de origen indio, Bukhtyar Rustomji Ratanji Hakim, que para hacerse un lugar en la sociedad británica había anglicanizado su nombre como Buck Ruxton. Era un facultativo competente y trabajador, querido por muchos pacientes pobres a los que atendía con paciencia, pero también un hombre de temperamento volcánico, dominado por unos celos que rozaban la obsesión. Vivía en una casa de Dalton Square con su compañera, Isabella, a la que llamaba esposa aunque no estuvieran formalmente casados, y con sus tres hijos pequeños. Tras la fachada de hogar burgués bullían discusiones constantes, sospechas infundadas de infidelidad y un clima de tensión que los vecinos percibían sin atreverse a nombrar.
Buck Ruxton: la respetabilidad y los celos
Ruxton adoraba a Isabella con una intensidad enfermiza. La acusaba sin pruebas de engañarlo, la vigilaba, montaba escenas y después se arrepentía entre lágrimas. Esa montaña rusa emocional se había convertido en la atmósfera cotidiana de la casa. Más de una vez la policía local había tenido que mediar en disputas domésticas, y el propio médico llegó a confesar a un agente que temía perder la razón por culpa de sus celos. En septiembre de 1935, esa espiral llegó a su desenlace. Tras una nueva crisis, Isabella desapareció, y con ella la joven criada de la casa, Mary Jane Rogerson, una muchacha de unos veinte años a la que la familia empleaba para las tareas domésticas y el cuidado de los niños. Ruxton ofreció a vecinos y conocidos explicaciones cambiantes: que se habían ido de vacaciones, que Isabella lo había abandonado. Las versiones no encajaban, y la inquietud empezó a crecer.
El baño, los celos desatados y el barranco escocés
La reconstrucción posterior estableció que Ruxton había estrangulado a Isabella en un arrebato de celos en el baño de la casa. Mary Rogerson, presente o llegada en mal momento, se convirtió en testigo de lo ocurrido, y por ello fue también asesinada. El médico se enfrentó entonces a la tarea de borrar dos cuerpos. Con conocimientos anatómicos, los desmembró y trató de eliminar todo rasgo que permitiera identificarlos: retiró ojos, dientes y porciones de piel con marcas distintivas. Después envolvió los restos en ropa, sábanas y hojas de periódico, los cargó en su coche y recorrió cientos de kilómetros hacia el norte. En Escocia, cerca de Moffat, arrojó los paquetes a un barranco profundo por el que corría un arroyo, el Gardenholme Linn, junto a un puente de la carretera. Confiaba en que la corriente y el aislamiento del lugar ocultarían su crimen para siempre.
La crecida, el periódico y la ciencia forense
Pocas semanas después, una excursionista que se asomó al puente vio algo siniestro en el fondo del barranco. Una crecida había arrastrado y dispersado los paquetes, dejando a la vista miembros humanos. Lo que parecía un trabajo de ocultación perfecto se convirtió en un caso pionero de la medicina forense. Los restos, mutilados con saña, fueron reunidos pacientemente por un equipo de patólogos y anatomistas, que lograron reconstruir dos cuerpos femeninos a partir de piezas dispersas. Compararon medidas óseas, huellas y la dentadura, y aplicaron una técnica entonces novedosa: superponer fotografías en vida de Isabella sobre uno de los cráneos para comprobar la coincidencia de los rasgos. El detalle decisivo llegó del papel: parte de los restos iba envuelta en una edición concreta de un periódico, una tirada especial distribuida solo en la zona de Lancaster y Morecambe, lo que situaba el origen de los paquetes y ayudaba a fijar la fecha. La huella de un dedo y otras pruebas anatómicas cerraron la identificación.
El juicio y la horca
Las pistas convergieron sobre Dalton Square. En la casa de Ruxton se hallaron manchas de sangre difíciles de explicar y rastros de la limpieza apresurada que había seguido al crimen; las fechas de las desapariciones y de los restos coincidían. Detenido y acusado del asesinato de las dos mujeres, Buck Ruxton fue juzgado en Manchester en 1936. El proceso atrajo enorme atención, en buena parte por la espectacularidad de las pruebas científicas, que se exhibieron ante el jurado como una hazaña de la investigación moderna. Ruxton se declaró inocente y mantuvo su versión hasta el final, pero el peso de la evidencia no dejó resquicio. Fue condenado a muerte y ahorcado en mayo de 1936. Poco después se hizo pública una confesión manuscrita que él mismo había dejado.
El legado: cuando la anatomía habló por las víctimas
El "rompecabezas del puente" pasó a los manuales como uno de los grandes hitos de la ciencia forense del siglo XX. Por primera vez, la combinación de la reconstrucción anatómica, la odontología comparada y la superposición fotográfica de cráneo y retrato bastó para devolver el nombre a unos restos que su asesino había mutilado precisamente para que nadie pudiera reconocerlos. El caso demostró que la mutilación más cuidadosa podía vencerse con paciencia científica, y que un simple periódico local era capaz de delatar el lugar y la fecha de un crimen. Quedó también como un retrato sombrío de los celos llevados al extremo: un médico respetado, querido por sus pacientes humildes, que destruyó a las dos mujeres más cercanas de su hogar en el cuarto de baño de su propia casa.