SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #43
Caso real #43

La enfermera atenta

Estados Unidos · 1885-1901 — «El ángel de la muerte de Boston»
La enfermera atenta, Jane Toppan, Estados Unidos 1885-1901
RETRATO DE LA ÉPOCA DE JANE TOPPAN

El Boston de fin de siglo y la confianza ciega en la enfermera

A finales del siglo XIX, en la región de Boston, la profesión de enfermera privada gozaba de un prestigio peculiar. Las familias acomodadas que tenían un enfermo crónico, un anciano que declinaba o una madre recién parida solían contratar a una enfermera que se instalaba en la casa durante semanas o meses. Esa mujer dormía bajo su techo, administraba las medicinas, controlaba el pulso y la fiebre, y se convertía en una presencia íntima e imprescindible, depositaria de los secretos y las llaves del hogar. La medicina de la época carecía de muchos controles: las dosis se ajustaban a ojo, las autopsias eran raras cuando moría un anciano enfermo, y la palabra de la enfermera al cabecera del difunto rara vez se ponía en duda. En ese mundo de confianza casi absoluta se movió, durante más de quince años, una de las envenenadoras más prolíficas de la historia estadounidense.

Jane Toppan: la cuidadora a la que todos pedían

Jane Toppan, nacida hacia 1854 y criada en circunstancias difíciles, se formó como enfermera en hospitales de Boston y Cambridge. Se ganó una reputación excelente: era diligente, alegre, cariñosa con los pacientes, y las familias se la disputaban y la recomendaban entre sí. La llamaban con afecto, confiaban en ella sus mayores y sus enfermos más graves. Detrás de aquella simpatía se escondía, sin embargo, una mente perturbada que encontraba una excitación enfermiza en el poder sobre la vida y la muerte. Toppan confesaría más tarde que sentía una especie de placer al llevar a sus pacientes hasta el borde de la muerte y, a veces, traerlos de vuelta para volver a empujarlos. No mataba por un único motivo: a la atracción morbosa se sumaba el interés, porque algunos de los enfermos a los que cuidaba le dejaban herencias, ahorros o le confiaban la administración de su dinero.

La morfina, la atropina y el juego con las dosis

Su instrumento fue el botiquín mismo del que disponía como enfermera. Manipulaba las dosis de morfina y de atropina, dos fármacos cuyos efectos opuestos sobre las pupilas y el sistema nervioso podía combinar para enmascarar el envenenamiento y desconcertar a cualquier médico que examinara al paciente. Administraba las sustancias poco a poco, observando cómo el enfermo se hundía y se recuperaba, alargando la agonía a su antojo. Para el entorno, aquellas muertes parecían el desenlace natural de personas ya delicadas: un anciano que se apaga, una convaleciente que recae. Toppan rondaba el lecho con su gesto solícito, ofrecía consuelo a los deudos y muchas veces se quedaba para "cuidar" al siguiente miembro de la familia. Durante años, su rastro de fallecimientos se confundió con la mortalidad ordinaria de los enfermos a su cargo.

La familia que cayó entera y la alarma

El error que la perdió fue la avidez. Hacia 1901 se relacionó con la familia Davis y, en pocas semanas, varios de sus miembros enfermaron y murieron uno tras otro con síntomas extrañamente parecidos. Que una persona mayor falleciera podía aceptarse; que cayeran varios adultos sanos de una misma familia, casi en cadena, resultaba imposible de explicar como mala fortuna. Un pariente, alarmado por aquella sucesión de muertes en torno a la misma enfermera, exigió una investigación. Se practicó la autopsia de una de las víctimas y se ordenaron exhumaciones. El análisis de los cuerpos reveló la presencia de los venenos, y la coincidencia de que Jane Toppan hubiera estado al cuidado de todos ellos —y de otros muchos difuntos en años anteriores— dejó al descubierto la magnitud de lo ocurrido. Lo que parecía una serie de tragedias domésticas era una larga campaña de envenenamientos.

La confesión, la demencia y el encierro de por vida

Detenida en 1901, Jane Toppan acabó confesando con una frialdad que estremeció a los investigadores. Reconoció decenas de asesinatos a lo largo de su carrera, cometidos en hogares de toda la región, y describió sin remordimiento el placer que le producía dominar el momento de la muerte. La cifra de sus víctimas, imposible de establecer con certeza, se contó por decenas, lo que la situó entre las asesinas en serie más numerosas que registra la historia de su país. En el juicio, su evidente trastorno mental fue determinante: en 1902 fue declarada demente y, en lugar de ir al patíbulo, fue recluida en un hospital psiquiátrico estatal, donde permaneció encerrada el resto de su vida, hasta su muerte en 1938.

El legado: la traición de la mano que cuida

El caso de Jane Toppan dejó una huella incómoda en la historia de la medicina y de la confianza. Mostró cómo el prestigio de una profesión asistencial podía servir de escudo perfecto a un depredador: nadie sospecha de quien vela el sueño de los enfermos. Su rastro impulsó, con el tiempo, una mayor vigilancia sobre las muertes inexplicables en entornos de cuidados y sobre el acceso de los cuidadores a fármacos peligrosos. Más allá de las cifras, su figura encarna uno de los temores más profundos: el de la persona cariñosa y solícita que convierte la atención al débil en un arma. La "enfermera atenta" no necesitó violencia ni fuerza, sino la confianza absoluta de quienes ponían su vida en sus manos.

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