El Tokio de la ocupación y el miedo a las epidemias
En 1948, Japón vivía bajo la ocupación aliada que siguió a la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Tokio era una ciudad en ruinas y reconstrucción, con escasez de alimentos, mercados negros y una población agotada que confiaba en las autoridades sanitarias para sobrevivir a las enfermedades que proliferaban entre los escombros. El tifus, la disentería y otras epidemias eran una amenaza real, y las campañas de desinfección y profilaxis formaban parte de la vida cotidiana: no resultaba extraño que un funcionario de Sanidad se presentara en un local para administrar medicinas preventivas tras la detección de un brote. Esa confianza en la figura del médico oficial, sumada al respeto japonés por la autoridad y el procedimiento, creó la rendija por la que se coló uno de los crímenes más fríos y enigmáticos de la posguerra: el llamado caso Teigin.
El hombre de la bata blanca
La tarde del 26 de enero de 1948, poco antes del cierre, un hombre de aspecto respetable y bata blanca entró en una sucursal del banco Teikoku, en el barrio tokiota de Shiinamachi. Se presentó como médico vinculado a las autoridades sanitarias de la ocupación y explicó que se había declarado un brote de disentería en la zona, posiblemente transmitido por alguien que había estado en el banco. Con la calma de quien sigue un protocolo, anunció que debía administrar a todo el personal una medicina preventiva antes de que se propagara la enfermedad. Su porte profesional, su seguridad y la lógica del momento —el temor a las epidemias era constante— bastaron para que los dieciséis empleados presentes, incluidos algunos niños del personal, le obedecieran sin resistencia. Nadie sospechó del visitante providencial que parecía velar por su salud.
El veneno repartido como remedio
El falso médico distribuyó entonces un líquido entre los empleados, indicándoles con detalle cómo debían tomarlo: primero una dosis y, al cabo de unos instantes, otra, imitando un procedimiento médico verosímil. Lo que en realidad les hizo ingerir era veneno, identificado como cianuro. A los pocos minutos, los presentes empezaron a desplomarse entre convulsiones. Doce de las dieciséis personas murieron; las demás sobrevivieron, gravemente afectadas. Mientras el local se convertía en una escena de agonía, el autor recogió parte del dinero en efectivo del banco y se marchó sin levantar alarma, aprovechando el caos. Fue un crimen de una sangre fría extraordinaria: un asesinato múltiple ejecutado con la apariencia de un acto sanitario, en el que las víctimas colaboraron en su propia muerte convencidas de que se estaban protegiendo de una enfermedad.
La investigación y la pista del pintor
El caso conmocionó a Japón y desató una de las mayores investigaciones policiales de la posguerra. Los agentes siguieron pistas relacionadas con tarjetas de visita de médicos, con casos anteriores parecidos de envenenamientos fingiendo profilaxis, y con el manejo experto del veneno, que sugería conocimientos químicos o médicos. Tras meses de pesquisas, las sospechas recayeron sobre Sadamichi Hirasawa, un pintor de cierto prestigio. La policía construyó su caso en torno a indicios circunstanciales y, sobre todo, a una confesión que Hirasawa acabó realizando durante los interrogatorios. Esa confesión, obtenida en condiciones que más tarde serían muy cuestionadas, se convirtió en la pieza central de la acusación. El pintor se retractó después, alegando que la había hecho bajo presión, pero el proceso ya estaba en marcha.
El juicio, la condena y la duda perpetua
Sadamichi Hirasawa fue juzgado, declarado culpable del envenenamiento masivo del banco Teigin y condenado a muerte. Sin embargo, su caso distó mucho de cerrarse con la sentencia. Durante décadas, abogados, periodistas y parte de la opinión pública defendieron su inocencia, señalando la debilidad de las pruebas materiales, las dudas sobre la identificación y las circunstancias en que se había arrancado su confesión. Los sucesivos ministros de Justicia, conscientes de la controversia, nunca firmaron la orden de ejecución, de modo que Hirasawa permaneció en el corredor de la muerte durante casi cuarenta años, hasta que falleció anciano en prisión en 1987, sin haber sido ahorcado y sin que el debate sobre su culpabilidad llegara a resolverse.
El legado: un crimen resuelto a medias
El caso Teigin quedó como uno de los grandes misterios criminales del Japón del siglo XX, un episodio en el que conviven la certeza del horror y la incertidumbre sobre su autor. Por un lado, mostró hasta qué punto la confianza en la autoridad sanitaria, en un contexto de miedo a las epidemias, podía ser explotada por un asesino metódico para convertir a sus víctimas en cómplices involuntarios de su propia muerte. Por otro, se transformó en un símbolo del debate sobre la pena capital, las confesiones forzadas y los errores judiciales, alimentado por la negativa de la justicia a ejecutar a un condenado del que tantos dudaban. La "medicina del banco" perdura así con una doble enseñanza: la del crimen perfecto en su frialdad y la de la justicia que, incapaz de despejar la duda, dejó pendiente para siempre la pregunta de quién entró aquella tarde con la bata blanca.