La Hungría rural y el peso de la guerra
Nagyrév era una aldea perdida en la llanura húngara, junto al río Tisza, a un día de camino de cualquier ciudad importante. A principios del siglo XX, su vida transcurría según costumbres inmutables: matrimonios concertados, propiedad de la tierra heredada de padres a hijos, autoridad indiscutible del varón en el hogar y una Iglesia y unas autoridades que rara vez asomaban por allí. La Primera Guerra Mundial trastornó ese mundo cerrado. Los hombres marcharon al frente, y durante años las mujeres del pueblo gobernaron solas las casas y los campos, conocieron otra forma de vida y, en algunos casos, otros afectos, pues por la zona llegaron a alojarse prisioneros de guerra. Cuando los soldados regresaron —muchos lisiados, enfermos, embrutecidos por la contienda o simplemente extraños tras los años de ausencia—, el reencuentro fue, para no pocas, un retorno a la sumisión y al maltrato. En ese caldo de resentimiento, dependencia económica y vidas atadas a un matrimonio sin salida se gestó una de las series de envenenamientos más singulares de la historia.
Zsuzsanna Fazekas, la partera del pueblo
La figura central de aquel drama fue Zsuzsanna Fazekas, la comadrona de Nagyrév. En un pueblo sin médico estable, la partera era una autoridad: asistía los nacimientos, atendía a las enfermas, conocía los secretos de cada hogar y poseía un saber sobre el cuerpo y sus remedios que le otorgaba un poder enorme sobre las mujeres del lugar. Fazekas reunía además dos condiciones que la hacían peligrosa: el acceso íntimo a las casas y el conocimiento práctico de las sustancias. A las mujeres que se le confiaban, agobiadas por maridos violentos, ancianos a su cargo o herencias bloqueadas por una vida que no terminaba, les ofreció una salida terrible. Se convirtió en la cabecilla e instigadora de una red de envenenadoras que durante años actuó al amparo del silencio colectivo del pueblo.
El papel matamoscas y el caldo
El método que Fazekas enseñó era de una sencillez escalofriante. Las mujeres hervían papel matamoscas, de venta común, para extraer de él el arsénico que contenía, y vertían ese líquido tóxico en la comida y la bebida de sus víctimas, a menudo en el caldo o el guiso que servían a diario. Las dosis, administradas poco a poco, provocaban una decadencia que podía pasar por enfermedad natural en personas mayores o en hombres ya quebrantados por la guerra y el alcohol. Las víctimas no fueron solo maridos brutales: también ancianos, parientes enfermos y otras bocas que estorbaban a la economía familiar o que se interponían en una herencia. Con el correr de los años, Nagyrév y aldeas vecinas acumularon un número de muertes desproporcionado, hasta el punto de que la región se ganó el sombrío apodo de "el pueblo de las viudas" y sus protagonistas pasaron a la leyenda criminal como los "Ángeles de Nagyrév".
El silencio cómplice y su ruptura
Lo más perturbador del caso fue su duración. Durante años, los envenenamientos se sucedieron sin que nadie los denunciara, porque tantas mujeres estaban implicadas, o conocían lo que ocurría, que delatar a una vecina equivalía a delatarse a sí misma o a su familia. La comadrona ocupaba además puestos de confianza que le permitían, según se dijo, influir en cómo se registraban las defunciones, de modo que las muertes sospechosas quedaban consignadas como naturales. El pacto de silencio convirtió a todo un pueblo en cómplice. La trama empezó a resquebrajarse al final de la década de 1920, cuando rumores persistentes, alguna denuncia y la acumulación inexplicable de fallecimientos llamaron por fin la atención de las autoridades de fuera. Se ordenó investigar, se exhumaron cuerpos del cementerio y los análisis revelaron en numerosas tumbas los rastros inequívocos del arsénico.
Los juicios y el final de la cabecilla
El destape provocó una conmoción nacional e internacional. Decenas de mujeres de Nagyrév y alrededores fueron detenidas e interrogadas, y los juicios que siguieron, hacia 1929 y 1930, sacaron a la luz un cuadro pavoroso de venenos administrados durante quince años. Las víctimas calculadas se contaron por decenas. Varias acusadas fueron condenadas a muerte, otras a largas penas de prisión. Zsuzsanna Fazekas, señalada como la instigadora que había repartido el conocimiento del veneno, no llegó a sentarse plenamente ante la justicia: ante el cerco policial, se quitó la vida ingiriendo su propio arsénico, fiel hasta el final a la herramienta de su crimen.
El legado: el veneno que nace del silencio
El caso de los "Ángeles de Nagyrév" quedó como uno de los episodios más extraordinarios de la criminología del siglo XX, no tanto por la sustancia empleada —el arsénico era el veneno clásico de la época— como por su dimensión colectiva. No fue un asesino solitario, sino una comunidad entera la que toleró, encubrió y en parte practicó el envenenamiento de sus propios miembros. La historia desnuda las tensiones de un mundo rural cerrado: el peso del matrimonio indisoluble, la violencia doméstica naturalizada, la codicia por la tierra y el aislamiento que dejaba a aquellas mujeres sin más salida imaginable que la muerte ajena. El "pueblo de las viudas" perdura como advertencia sobre lo que puede crecer en el silencio: cuando todos callan, el crimen deja de ser una excepción y se convierte en costumbre.