SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #53
Caso real #53

El inquilino del cemento

Inglaterra y Australia · 1891-1892 — «El emparedado de Melbourne»
El inquilino del cemento, Frederick Deeming, Inglaterra y Australia 1891-1892
IMAGEN REAL DE FREDERICK DEEMING (EL EMPAREDADOR)

Un mundo de barcos y nombres prestados

A finales del siglo XIX, el Imperio británico era una red de puertos y rutas marítimas que unía Inglaterra con Australia, Sudáfrica y medio mundo. Los grandes vapores cruzaban los océanos cargados de emigrantes, comerciantes y aventureros que buscaban una nueva vida lejos de casa. Aquella movilidad sin precedentes traía consigo una oportunidad inédita para quien quisiera reinventarse: un hombre podía desembarcar en una ciudad lejana con un nombre nuevo, una historia nueva y un pasado convenientemente borrado, sin que nadie pudiera comprobar nada. Los registros aún eran locales, la comunicación entre continentes lenta, y la identidad de un viajero descansaba poco más que en su propia palabra.

En ese escenario propicio para los impostores se movió Frederick Bailey Deeming, un inglés de verbo fácil y modales cuidados que hizo de la suplantación un arte criminal. Cambiaba de nombre con cada ciudad y se presentaba siempre como un hombre de negocios próspero, capaz de impresionar a quien se cruzaba en su camino.

Frederick Bailey Deeming, el caballero de muchas caras

Deeming poseía el don peligroso de la simpatía. Vestía bien, hablaba de inversiones y fortunas, y sabía rodearse de un aura de respetabilidad que desarmaba a sus interlocutores. Bajo distintos alias se hizo pasar por empresario, por inspector, por hombre acaudalado en busca de esposa. Su verdadero oficio, sin embargo, era el engaño: estafas, deudas impagadas y, sobre todo, la seducción de mujeres a las que prometía una vida de holgura.

Su método sentimental seguía siempre el mismo patrón. Cortejaba a una mujer, la deslumbraba con su posición fingida, la conducía a una boda apresurada y, una vez obtenido lo que buscaba, desaparecía para reaparecer en otra ciudad con otro nombre y otra víctima. Durante un tiempo, aquel ciclo de matrimonios y fugas funcionó. Pero la huida perpetua tenía un punto débil: las esposas abandonadas, las que sabían demasiado, podían convertirse en testigos peligrosos de su doble vida.

El crimen bajo las baldosas

El episodio que daría nombre a su infamia ocurrió en Melbourne, Australia. Deeming, instalado allí bajo una de sus identidades, se deshizo de su esposa de manera definitiva: la mató, según se estableció, con una navaja, y resolvió el problema del cuerpo con una frialdad escalofriante. Levantó el suelo de una habitación de la casa que ocupaba, depositó el cadáver en el hueco y lo cubrió con una capa de cemento fresco, dejando el pavimento aparentemente intacto. Hecho esto, abandonó la vivienda y siguió su camino, confiado en que el hormigón guardaría su secreto para siempre.

No fue la única vez. La investigación posterior revelaría que el procedimiento de emparedar a sus víctimas bajo el suelo respondía a un método ya empleado antes, lo que situaba a Deeming entre los criminales más metódicos y siniestros de su época. El cemento, frío y discreto, se convirtió en la firma de sus crímenes.

El olor que delató al muerto

El secreto, sin embargo, no resistió mucho tiempo. El siguiente inquilino que ocupó la casa de Melbourne empezó a percibir un olor insoportable que parecía brotar del suelo de una de las habitaciones y que ningún esfuerzo conseguía eliminar. Intrigado y asqueado, terminó por avisar, y al levantar el pavimento de cemento apareció lo que la losa ocultaba: el cuerpo de la mujer asesinada, emparedado bajo la casa.

El hallazgo desató una investigación que rápidamente apuntó hacia el anterior ocupante, aquel caballero de modales impecables que había desaparecido sin dejar señas. Al rastrear sus pasos y sus identidades sucesivas, los investigadores fueron descubriendo un reguero de matrimonios, engaños y, lo más terrible, otros cuerpos ocultos del mismo modo en lugares por los que había pasado. El hombre de muchos nombres comenzaba a tener un rostro único: el de un asesino en serie.

La captura y la sombra de Whitechapel

Deeming fue localizado y detenido. Su caso causó una conmoción enorme a ambos lados del mundo, alimentada por la prensa, que vio en él al monstruo perfecto: elegante, viajero, capaz de matar y emparedar a sus esposas. En el clima febril de aquellos años, marcados por el reciente terror de los crímenes de Whitechapel, no faltó quien especulara que aquel inglés escurridizo podía ser el mismísimo Jack el Destripador. La idea, sin fundamento alguno y desmentida por las fechas y los hechos, revela hasta qué punto su figura se prestaba al mito. Lo cierto y comprobado bastaba para condenarlo sin necesidad de leyendas.

Sometido a juicio en Australia por el asesinato de su esposa, Deeming fue declarado culpable. Las pruebas materiales, el rastro de identidades falsas y los cuerpos ocultos no dejaban margen a la duda. La sentencia fue la muerte en la horca, ejecutada en 1892.

El legado del hombre del cemento

El caso de Frederick Bailey Deeming quedó grabado en la historia criminal como uno de los grandes escándalos de la era victoriana, un relato que combinaba todos los ingredientes del horror moderno: el impostor de mil caras, las novias engañadas, los cadáveres sepultados en la propia casa y la sombra de un asesino imposible de atrapar mientras se movía de continente en continente. Su detención demostró, además, que la nueva movilidad imperial que tantas facilidades daba a los criminales empezaba a encontrar su contrapeso en una cooperación policial cada vez más capaz de seguir el rastro de un hombre a través de los océanos.

Más allá del morbo y de las fantasías sobre el Destripador que aún a veces lo acompañan, la figura de Deeming perdura como ejemplo de un tipo de asesino que el siglo siguiente conocería bien: el seductor metódico que convierte la confianza y el matrimonio en una trampa mortal, y que confía en el silencio del cemento para que sus crímenes no salgan nunca a la luz. Un olor imposible de soportar bastó para que la verdad emergiera del suelo.

Sopicidios · Casos Reales — Expediente #53: El inquilino del cemento.