La Alejandría de los barrios populares
A comienzos del siglo XX, Alejandría era una ciudad cosmopolita y bulliciosa, puerta de Egipto al Mediterráneo, donde convivían comerciantes de mil orígenes, marineros de paso y una densa población popular que se apretaba en barrios humildes de calles estrechas y casas modestas. En aquellos arrabales, lejos del esplendor de las grandes avenidas, la vida era dura y la ley llegaba con dificultad. El país atravesaba además años convulsos, marcados por la agitación política y la presencia colonial británica, y la atención de las autoridades estaba puesta en otras urgencias. Era un terreno propicio para que ciertos crímenes pasaran desapercibidos durante demasiado tiempo.
En ese mundo de penuria y anonimato actuaron dos hermanas, Raya y Sakina, cuyos nombres quedarían unidos para siempre a uno de los casos más célebres y siniestros de la historia criminal egipcia. Junto a sus maridos formaron una banda que convirtió la hospitalidad y la codicia ajena en una trampa mortal.
Raya y Sakina, las anfitrionas de la muerte
Raya y Sakina eran dos mujeres de origen humilde, conocedoras de los códigos y las miserias del barrio. Regentaban locales de mala fama y se movían con soltura entre la vida marginal de Alejandría. Lejos de la imagen tradicional de la mujer recluida, ejercían un papel activo y central en la empresa criminal que dirigían junto a sus esposos, lo que añadió al caso un elemento de escándalo que la sociedad de la época encontró especialmente perturbador.
El objetivo de la banda eran otras mujeres: concretamente, aquellas que lucían joyas y oro, adornos que en aquel entorno modesto representaban a menudo el ahorro de toda una vida o la dote guardada con celo. Raya y Sakina sabían reconocer a una víctima por sus pendientes, sus pulseras o sus collares, y sobre esa avidez por el metal precioso montaron su método.
El método: una fiesta, un negocio, una tumba
El engaño seguía un guion eficaz. Las hermanas se ganaban la confianza de la víctima y la atraían a una de las casas que ocupaban con el pretexto de una fiesta, una celebración o un negocio ventajoso. Una vez dentro, en un ambiente de aparente cordialidad, la emborrachaban hasta dejarla indefensa. Entonces entraban en acción los maridos, que asfixiaban a la mujer para robarle el oro y las joyas que llevaba encima.
Resuelto el asesinato, quedaba el problema del cuerpo, y la banda lo resolvía con frialdad doméstica: enterraban a las víctimas bajo el suelo de las propias casas que habitaban. Para evitar que la acumulación de cadáveres terminara delatándolos, se mudaban con cierta frecuencia, alquilando una vivienda nueva y dejando atrás la anterior con su secreto sepultado en la tierra. Así, durante meses, mujer tras mujer fue desapareciendo en los barrios de Alejandría sin que nadie estableciera la conexión, mientras las tumbas se multiplicaban bajo los pavimentos de las casas abandonadas.
El hallazgo bajo el suelo
El horror salió a la luz casi por azar, como tantas veces ocurre con los crímenes ocultos. Unos trabajos relacionados con la instalación de tuberías obligaron a remover el suelo de una de las casas que la banda había ocupado, y bajo la tierra apareció lo que nadie esperaba: restos humanos. La alarma se extendió, las autoridades intervinieron y la excavación reveló la magnitud del espanto. No se trataba de un cuerpo aislado, sino de una sucesión de cadáveres ocultos en las distintas viviendas que las hermanas y sus maridos habían habitado.
El número final de víctimas exhumadas se cifró en diecisiete mujeres, una cantidad que conmocionó a Egipto entero. La ciudad descubrió que, durante todo aquel tiempo, una banda había estado matando sistemáticamente a mujeres por su oro y enterrándolas bajo sus propias casas, mudándose para borrar el rastro. La investigación reconstruyó el modus operandi, identificó a las víctimas en la medida de lo posible y cerró el cerco sobre los responsables.
El juicio y la horca
Raya, Sakina y sus maridos fueron detenidos y sometidos a juicio en un proceso que acaparó la atención de toda la opinión pública. Las pruebas materiales, los cuerpos exhumados y las declaraciones reconstruyeron una empresa criminal metódica y despiadada, movida por la pura codicia. El tribunal los halló culpables y dictó la pena máxima.
La ejecución tuvo un significado histórico que trascendió el propio crimen: Raya y Sakina fueron, en 1921, las primeras mujeres ahorcadas por el Egipto moderno. Aquel hecho, inédito hasta entonces, subrayó la excepcionalidad del caso y la determinación de las autoridades de castigar sin distinción de sexo una serie de asesinatos que había horrorizado al país. Con su muerte se cerró el capítulo judicial, pero no el de su fama.
El legado de un nombre maldito
El caso de Raya y Sakina se incrustó profundamente en la cultura popular egipcia y árabe, hasta el punto de que sus nombres se convirtieron en sinónimo de crueldad y traición femenina. La historia fue contada y recontada en relatos, obras de teatro, películas y series que la mantuvieron viva durante generaciones, a veces fielmente y a veces deformada por la leyenda. Las dos hermanas pasaron a ser figuras casi mitológicas del crimen, evocadas como advertencia y como reflejo de los bajos fondos de una Alejandría que ya no existe.
Más allá del mito, el caso conservó su valor documental como uno de los primeros grandes procesos criminales modernos de Egipto, con su investigación, su exhumación de víctimas y su juicio resonante. La codicia por el oro de unas invitadas confiadas, la fiesta convertida en trampa y las tumbas escondidas bajo el suelo doméstico siguen evocando, un siglo después, uno de los episodios más oscuros y perdurables de la historia criminal del país.