SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #57
Caso real #57

El buen empleo en el campo

Francia · 1855-1861 — «El monstruo de Montluel»
El buen empleo en el campo, Martin Dumollard, Francia 1855-1861
IMAGEN REAL DE MARTIN DUMOLLARD

La Francia de las criadas y las promesas

A mediados del siglo XIX, en los alrededores de Lyon, la sociedad rural y urbana francesa descansaba en buena parte sobre el trabajo de las jóvenes criadas. Muchachas de origen campesino, pobres y a menudo sin instrucción, dejaban sus aldeas para colocarse como sirvientas en casas de la ciudad o del campo, atraídas por la promesa de un sueldo y un techo. Para ellas, un buen empleo era una oportunidad de vida, y la oferta de una colocación ventajosa bastaba para que emprendieran el camino confiadas, a menudo solas, hacia un destino que no conocían. Esa vulnerabilidad, fruto de la pobreza y de la necesidad, ofrecía a un depredador paciente el cebo perfecto.

En aquel entorno actuó durante años Martin Dumollard, un hombre de apariencia anodina que convirtió la esperanza de las jóvenes sirvientas en una trampa mortal. Su nombre quedaría asociado a uno de los primeros grandes casos de asesino en serie documentados en la Francia del siglo XIX.

Martin Dumollard, el reclutador siniestro

Dumollard no era un personaje llamativo. Vivía en los alrededores de Lyon con su esposa, en condiciones modestas, y no despertaba sospechas particulares. Precisamente esa normalidad fue su mejor disfraz. Se acercaba a jóvenes criadas y les ofrecía algo que ellas anhelaban: un buen empleo en una casa del campo, un puesto seguro y bien pagado en una propiedad que, aseguraba, necesitaba sirvientas. Se mostraba amable y digno de confianza, capaz de dar detalles convincentes sobre la colocación que prometía.

Tras ganarse el aprecio de la muchacha, Dumollard se ofrecía a acompañarla hasta el lugar de trabajo, lo que reforzaba la imagen de un intermediario honrado y servicial. La joven, agradecida, lo seguía sin recelo por los caminos que llevaban al campo. Pero aquel viaje hacia el supuesto empleo no tenía el destino prometido: conducía a parajes apartados donde no había casa alguna que ofrecer, sino la soledad propicia para el crimen.

El cuchillo en el sendero

El método de Dumollard era tan sencillo como cruel. Cuando la criada y él se internaban por un sendero solitario, lejos de cualquier testigo, el hombre se volvía contra ella. Atacaba a sus víctimas con un cuchillo, con el propósito de robarles lo poco que llevaban: el dinero ahorrado y, sobre todo, sus vestidos y sus pertenencias. La codicia que movía aquellos crímenes era de una mezquindad escalofriante, pues por unas ropas y unas monedas Dumollard estaba dispuesto a segar una vida.

En el reparto del botín tenía un papel su propia esposa, que se encargaba de revender las prendas y los efectos arrebatados a las víctimas. Aquella complicidad doméstica daba al caso un carácter especialmente sórdido: un matrimonio que prosperaba modestamente a costa de la muerte de muchachas pobres engañadas con la promesa de un trabajo. Durante años, varias jóvenes desaparecieron en los caminos de la región sin que se estableciera relación entre unos hechos y otros.

Las que escaparon y hablaron

El error de Dumollard, como el de tantos criminales metódicos, fue creer que ninguna víctima sobreviviría para contarlo. Pero no todas sucumbieron. Algunas muchachas lograron escapar del ataque, huir del sendero y poner a salvo su vida, y con ellas sobrevivió el testimonio decisivo. Estas supervivientes pudieron describir al hombre que les había ofrecido un empleo y luego había intentado asesinarlas, aportando un retrato que permitió a las autoridades empezar a seguir el rastro.

Las descripciones coincidentes condujeron hasta Dumollard. Y cuando los investigadores registraron la zona donde operaba y los lugares vinculados a él, el horror se hizo evidente: aparecieron ropas pertenecientes a distintas mujeres y restos óseos de otras víctimas que no habían tenido la suerte de escapar. El cuadro que se reconstruyó fue el de una serie de asesinatos cometidos a lo largo de años, con un mismo señuelo, un mismo método y un mismo fin codicioso. El intermediario amable de los buenos empleos resultó ser un asesino en serie.

El proceso y la guillotina

Detenidos Dumollard y su esposa, el caso causó una honda impresión en la Francia de la época. El juicio expuso ante la opinión pública la mecánica del engaño, los testimonios de las supervivientes y la fría contabilidad de las prendas revendidas. Las pruebas materiales, los restos hallados y las declaraciones componían un relato difícil de rebatir. Martin Dumollard fue declarado culpable de los asesinatos y condenado a muerte; su esposa recibió también un severo castigo por su participación en el aprovechamiento de los crímenes.

La sentencia se cumplió en 1862: Dumollard fue ejecutado en la guillotina, el instrumento con que la justicia francesa ponía fin a sus condenados. Con su muerte se cerró el rastro de una serie de crímenes que había sembrado de miedo los caminos en torno a Lyon.

El legado de un caso temprano

El caso de Martin Dumollard ocupa un lugar señalado en la historia criminal por tratarse de uno de los primeros ejemplos bien documentados de asesino en serie en la Francia del siglo XIX, anterior a que la propia noción de asesino en serie tuviera nombre. Su método, atraer a víctimas vulnerables con una promesa atractiva para luego matarlas en un lugar elegido y solitario, anticipa el patrón que la criminología reconocería más tarde en otros depredadores: la explotación calculada de la confianza y de la necesidad.

El recuerdo de Dumollard perduró como advertencia sobre los peligros que acechaban a las jóvenes criadas de aquella sociedad, obligadas por la pobreza a fiarse de desconocidos que les ofrecían trabajo. La imagen del hombre corriente que, tras una oferta de buen empleo en el campo, escondía un cuchillo y una codicia sin límites, quedó grabada como uno de los episodios más sombríos de la crónica negra francesa, y como prueba de que el horror puede ocultarse tras la más banal de las promesas.

Sopicidios · Casos Reales — Expediente #57: El buen empleo en el campo.