SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #61
Caso real #61

La ruta de la libertad

Francia · 1941-1944 — «El doctor de la Rue Le Sueur»
La ruta de la libertad, Marcel Petiot, Francia 1941-1944
IMAGEN REAL DE MARCEL PETIOT

París bajo la bota alemana

Pocas ciudades han conocido un miedo tan difuso como el del París ocupado. Desde junio de 1940, la esvástica ondeaba sobre los edificios oficiales y la Gestapo había instalado sus despachos en hoteles elegantes desde los que dirigía redadas, delaciones y deportaciones. Para los judíos, para los resistentes, para los desertores y para cuantos sabían que un sello en un documento podía significar la muerte, la única esperanza era desaparecer: cruzar la frontera, llegar a la zona libre, embarcar hacia América. En aquel mercado clandestino de la fuga proliferaron toda clase de intermediarios, falsificadores y traficantes de salvoconductos. Algunos eran honestos y arriesgaban la vida; otros, simples estafadores. Y uno de ellos era algo mucho peor.

La desesperación de quien busca huir es un terreno fértil para el depredador, porque la víctima se entrega en silencio, sin acudir a la policía, sin dejar rastro de su partida. Quien planeaba la fuga lo ocultaba a todos, y por eso podía esfumarse sin que nadie reclamara su ausencia: lo natural era suponer que había logrado escapar. En ese vacío de preguntas trabajó, con frialdad metódica, un médico parisino de aspecto respetable.

El doctor con dos vidas

Marcel Petiot había nacido en 1897 y arrastraba desde joven una reputación turbia: episodios de pequeños hurtos, sospechas de tráfico de estupefacientes, una carrera política local manchada por irregularidades cuando llegó a ser alcalde de Villeneuve-sur-Yonne. Aun así había logrado titularse y ejercer la medicina, y en París atendía a una clientela modesta con la verborrea convincente de los charlatanes natos. Tenía mujer e hijo, una consulta y una fachada de normalidad burguesa. Detrás de ella se escondía un hombre sin freno moral alguno.

Durante la Ocupación, Petiot hizo correr la voz, a través de intermediarios del mundillo de la fuga, de que dirigía una red capaz de sacar de Francia a cualquiera que pudiese pagarla. Se presentaba bajo un nombre de guerra y prometía un trayecto seguro hacia Sudamérica, vía España o Portugal. A los fugitivos les pedía una fortuna por cabeza y les daba instrucciones precisas: debían acudir de noche, discretamente, con sus maletas, su dinero y sus joyas, dispuestos a abandonar el país para siempre. Acudían, en efecto. Pero ninguno volvía a ser visto.

La estufa del sótano

El procedimiento era tan sencillo como atroz. Una vez en su inmueble de la rue Le Sueur, Petiot conducía a las víctimas a una habitación con el pretexto de administrarles una vacuna obligatoria para entrar en el país de destino. La inyección contenía veneno. Mientras el tóxico hacía su efecto, es probable que las observara morir desde una mirilla. Después se quedaba con todo cuanto traían —dinero, alhajas, ropa de calidad— y se deshacía de los cuerpos quemándolos en una estufa instalada en el sótano y cubriendo los restos con cal viva para acelerar la descomposición y disimular el olor.

Durante meses, aquella casa funcionó como un matadero clandestino al amparo del caos de la guerra. Se le atribuirían más de sesenta muertes, aunque la cifra exacta nunca pudo fijarse con certeza, pues muchas víctimas eran personas que ya habían cortado todo vínculo con su entorno antes de presentarse a la cita.

El humo que delató al asesino

La perdición de Petiot llegó por donde menos podía controlarla: por el aire. En marzo de 1944, los vecinos de la rue Le Sueur empezaron a quejarse de una humareda negra, espesa y grasienta que brotaba sin descanso de una chimenea y apestaba el barrio con un hedor nauseabundo. Alguien avisó a los bomberos, que entraron en la finca aparentemente vacía. Lo que hallaron en el sótano era una pesadilla: una estufa con restos humanos calcinados, una fosa con cal, miembros y huesos esparcidos, y un montón de cadáveres en distintos estados de destrucción.

Petiot, que apareció en el lugar, tuvo el aplomo de afirmar a los policías que aquellos muertos eran enemigos del país ejecutados por la Resistencia, y se le permitió marcharse en la confusión. Aprovechó para esconderse. Mientras tanto, los investigadores reunían el espantoso inventario de pertenencias acumuladas: maletas, ropa, objetos personales de decenas de desaparecidos, prueba muda del comercio de muerte que se había desarrollado allí.

El juicio del falso libertador

Tras la liberación de París, Petiot intentó reinventarse una última vez. Se hizo pasar por miembro de la Resistencia con un nombre falso e incluso se alistó en las fuerzas francesas, sosteniendo que los cuerpos hallados en su casa eran colaboracionistas y traidores ajusticiados por patriotas. La coartada se derrumbó pronto: en otoño de 1944 fue identificado y detenido.

El proceso, celebrado en 1946, se convirtió en un espectáculo nacional. Petiot, locuaz y desafiante, intentó convertir el juicio en un alegato heroico, distinguiendo entre las muertes que reconocía como "obra patriótica" y las que negaba en bloque. El jurado no se dejó seducir por su teatro. Fue declarado culpable de una larga serie de asesinatos y condenado a la pena capital. En mayo de 1946 subió al cadalso y fue guillotinado. Hasta el final mantuvo su pose cínica.

La sombra de la Ocupación

El caso Petiot dejó una herida singular en la memoria francesa, porque mezclaba dos horrores: el del criminal individual y el del clima de delación y desaparición que la guerra había normalizado. Sus víctimas habían muerto, en buena medida, porque la época les había enseñado a esfumarse sin avisar a nadie, confiando en un desconocido que prometía salvación. La ruta de la libertad que ofrecía no llevaba a ningún puerto, sino a una estufa en un sótano.

Para los estudiosos del crimen, Petiot encarna la figura del depredador que se camufla en el desorden de su tiempo, aprovechando el miedo colectivo como ningún asesino podría hacerlo en tiempos de paz. Su nombre quedó asociado a la idea de que, bajo la ocupación, no solo mataban los ejércitos y las policías políticas: también podía hacerlo, impunemente y durante años, un médico de aspecto cordial que se presentaba como la última esperanza de los perseguidos.

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