SOPICIDIOS
Caso real · Expediente #64
Caso real #64

La cena de medianoche

Rusia · 1916 — «El asesinato de Rasputín»
La cena de medianoche, Félix Yusúpov, Rusia 1916
IMAGEN REAL DE FÉLIX YUSÚPOV JUNTO A SU AMADA

El imperio al borde del abismo

En el invierno de 1916, el Imperio ruso se desangraba en una guerra que parecía no tener fin. Los frentes devoraban a millones de campesinos uniformados, las ciudades padecían escasez y la confianza en la dinastía Romanov se hundía a ojos vista. El zar Nicolás II había asumido el mando del ejército y pasaba largas temporadas lejos de la capital, mientras la zarina Alejandra quedaba al frente del gobierno interior, rodeada de una camarilla cada vez más impopular. La corte, antaño deslumbrante, se había convertido en un nido de intrigas, rumores y desesperación.

Sobre ese imperio enfermo planeaba una herida secreta y dolorosa: el heredero al trono, el zarévich Alexis, padecía hemofilia, una enfermedad entonces incurable que lo ponía en peligro de muerte ante la menor hemorragia. La angustia de los soberanos por la salud de su hijo abrió la puerta de palacio a un personaje que llegaría a encarnar, para muchos rusos, la decadencia del régimen.

El monje de la mirada hipnótica

Grigori Rasputín era un campesino siberiano convertido en peregrino y curandero, de barba enmarañada y ojos penetrantes que muchos describían como hipnóticos. Sin formación eclesiástica formal, se había hecho fama de hombre santo, capaz de obrar curaciones y de hablar con un lenguaje místico que fascinaba a damas de la aristocracia y a buscadores de consuelo espiritual. Su ascenso fulgurante se debió a un hecho concreto: parecía aliviar los padecimientos del pequeño Alexis cuando los médicos se declaraban impotentes.

Para la zarina, aquello bastó para convertirlo en un enviado de la Providencia. Rasputín se hizo imprescindible en el entorno imperial, y con el tiempo su influencia se extendió, según se decía, a nombramientos y decisiones de gobierno. Su conducta privada, rodeada de escándalos de borracheras y mujeres, y su poder sobre la familia reinante indignaban a buena parte de la nobleza y de la opinión pública, que veían en él la prueba viviente de la corrupción del trono. Eliminarlo pareció a algunos un acto de salvación nacional.

El complot de los nobles

El alma de la conspiración fue el príncipe Félix Yusúpov, heredero de una de las familias más ricas de Rusia y emparentado por matrimonio con la casa imperial. Joven, refinado y ambicioso, Yusúpov estaba convencido de que la muerte de Rasputín liberaría a la dinastía del influjo que la arrastraba a la ruina. A su alrededor reunió a un grupo de conjurados, entre ellos un gran duque de la familia Romanov y un diputado monárquico, todos persuadidos de que se trataba de un sacrificio necesario por el bien del país.

El plan se urdió con un aire teatral propio del ambiente palaciego. Yusúpov, que había cultivado el trato con Rasputín, lo invitó a acudir de noche al palacio familiar a orillas del Nevá, con el pretexto de presentarle a su esposa. La cita se fijó para la madrugada, en un sótano del palacio acondicionado con especial cuidado para la ocasión.

La cena que se resistía a matar

La noche del crimen, en diciembre de 1916, Yusúpov condujo a su invitado al sótano y le ofreció pasteles y vino. Según el relato que el propio príncipe difundiría después —relato que la posteridad ha mirado con creciente escepticismo—, aquellos dulces y aquel vino estaban cargados de veneno, pero Rasputín los consumía sin que el tóxico pareciera surtir efecto, lo que sembró el pánico entre los conjurados. La leyenda de un Rasputín casi imposible de matar nació, en buena medida, de esa versión.

Ante el fracaso del envenenamiento, Yusúpov empuñó una pistola y disparó sobre Rasputín. Aun así, según la narración, el curandero habría reaccionado, intentando huir, lo que obligó a los conjurados a dispararle de nuevo hasta abatirlo definitivamente. Cargaron entonces el cuerpo, lo envolvieron y lo arrojaron a las aguas heladas del río Nevá. Su cadáver fue hallado días después bajo el hielo. La autopsia y la investigación moderna han matizado muchos detalles del relato espectacular de los asesinos, pero el núcleo es indiscutible: un grupo de nobles, encabezado por Yusúpov, atrajo a Rasputín a una trampa nocturna y lo mató.

La muerte que no salvó al trono

Los conjurados creyeron que con la desaparición de Rasputín salvaban a la monarquía. Se equivocaron por completo. La corte, lejos de recobrar prestigio, quedó aún más expuesta: el crimen reveló la profundidad de la descomposición interna del régimen, capaz de generar magnicidios en su propio seno. La represalia del zar fue tibia —dada la sangre real implicada, los responsables sufrieron poco más que destierros y alejamientos—, lo que subrayó la debilidad del poder.

Apenas unas semanas después, en marzo de 1917, la Revolución de Febrero derribó la dinastía Romanov. Nicolás II abdicó y la familia imperial quedó bajo arresto, camino del trágico final que la aguardaba al año siguiente. La muerte de Rasputín no había detenido nada: el imperio que sus asesinos pretendían rescatar se desplomó casi de inmediato.

El mito y la advertencia

Pocas muertes han alimentado tanta leyenda como la de Rasputín, en parte por el relato deliberadamente novelesco que Yusúpov dejó escrito en sus memorias, donde se presentaba como un patriota y tejía la imagen de una víctima sobrehumana, resistente al veneno y a las balas. Esa narración, repetida hasta la saciedad por la cultura popular, ha terminado por desdibujar los hechos reales bajo un manto de mito.

Más allá de la leyenda, el episodio quedó como símbolo del agotamiento de un régimen. Yusúpov vivió largos años en el exilio, defendiendo siempre su acto. La cena de medianoche en el sótano del palacio a orillas del Nevá se recuerda como uno de los magnicidios más célebres de la historia, y como prueba de que ni siquiera matar al hombre al que se culpa de todos los males basta para detener el derrumbe de un imperio cuando la hora de su caída ya ha sonado.

Sopicidios · Casos Reales — Expediente #64: La cena de medianoche.