La Lieja de entreguerras y sus mujeres solas
En los años treinta, Lieja era una populosa ciudad industrial de la Bélgica de entreguerras, marcada por el trabajo, la crisis económica y una vida social de barrios densos y comercios de proximidad. La Gran Guerra había dejado un reguero de viudas, y la longevidad creciente había multiplicado el número de mujeres mayores que vivían solas, con algunos ahorros y sin más compañía que la de vecinas, amigas y comerciantes con quienes trababan relación cotidiana. Esa población de ancianas acomodadas y solitarias formaba un colectivo discreto y, a su pesar, vulnerable.
En aquel paisaje urbano, una tienda de ropa para señoras podía ser mucho más que un negocio: un lugar de encuentro, de confidencias y de afecto entre mujeres que buscaban compañía tanto como vestidos. La dueña de un comercio así llegaba a conocer la vida, las penas y la fortuna de sus clientas. Esa intimidad comercial, fuente de confianza, se convertiría en el terreno de caza de una de las envenenadoras más frías de la crónica belga.
La viuda que abrió una tienda
Marie Becker era una mujer de mediana edad que, a comienzos de los años treinta, llevaba una vida convencional de esposa hasta que la pasión y el dinero la empujaron por un camino criminal. Cansada de su matrimonio y enamorada de otro hombre, decidió librarse de su marido y lo envenenó para quedar libre. Poco después, sin embargo, también acabó con la vida de su amante, presumiblemente cuando este dejó de convenirle. Aquellos dos crímenes íntimos fueron la antesala de una carrera homicida mucho más extensa.
Liberada de ataduras y con un tren de vida que deseaba sostener, Marie Becker abrió una tienda de ropa en Lieja. El comercio le proporcionó una fachada de respetabilidad y, sobre todo, acceso a una clientela de mujeres mayores, acomodadas y solas, a las que atendía con aparente cordialidad y de cuya confianza fue ganándose. Tras la modista amable y trabajadora se ocultaba una depredadora que había descubierto en el veneno un método y en sus clientas un negocio.
El veneno entre vestidos
El instrumento de Marie Becker fue la digital, una sustancia obtenida de la planta del mismo nombre que, en dosis adecuadas, es un medicamento para el corazón, pero que en cantidades excesivas resulta mortal y provoca síntomas fácilmente confundibles con un fallo cardíaco natural en una persona de edad. Con esa arma, la modista fue eliminando una tras otra a clientas ancianas y solitarias, a las que se ganaba con su trato afectuoso antes de administrarles el tóxico.
Su móvil era el lucro: tras la muerte de cada víctima, Marie se apropiaba de su dinero, sus joyas o su herencia, financiando con ello el costoso tren de vida que deseaba mantener. Y para completar la representación, acudía puntualmente a los funerales de sus víctimas, donde se mostraba afligida y derramaba lágrimas por aquellas mujeres a las que ella misma había matado. La hipocresía de su duelo —la modista de luto que lloraba a quienes había envenenado— se convertiría en uno de los rasgos más siniestros de su perfil.
La repetición sospechosa
Como en tantos casos de envenenadores en serie, la perdición de Marie Becker llegó por la acumulación de muertes demasiado parecidas. Las ancianas acomodadas que frecuentaban su tienda fallecían con síntomas semejantes —indisposiciones súbitas, fallos del corazón— en un goteo que, observado en conjunto, resultaba difícil de atribuir al azar. La sospecha empezó a circular entre quienes advertían que la modista parecía rodeada de muertes oportunas y a menudo beneficiosas para ella.
El factor decisivo, sin embargo, fue su propia jactancia. Marie Becker llegó a presumir de sus métodos ante una conocida, dejando entrever con cinismo su responsabilidad en aquellas muertes y la facilidad con que se deshacía de sus víctimas. Aquella confidencia imprudente llegó a oídos de las autoridades y precipitó la investigación. Lo que la repetición de los síntomas había hecho sospechar, la vanidad de la asesina lo confirmó.
La investigación y el juicio
Alertada por las sospechas y por la delación, la policía abrió una investigación que reconstruyó el rastro de muertes en torno a la modista. Las exhumaciones y los análisis toxicológicos revelaron la presencia de digital en víctimas cuyas defunciones habían pasado por naturales, y el cerco se cerró sobre Marie Becker. El recuento de sus crímenes fue creciendo a medida que se revisaban las muertes de clientas y allegados, dibujando el retrato de una envenenadora que había actuado durante años amparada en su oficio.
El juicio, celebrado en la segunda mitad de los años treinta, sacó a la luz toda la magnitud de su carrera homicida: el marido y el amante eliminados, la serie de clientas envenenadas, el saqueo de sus bienes y la cínica comedia del duelo. La frialdad de la acusada y la sordidez del móvil —matar para mantener un nivel de vida— conmocionaron a la opinión pública belga. Marie Becker fue declarada culpable.
El legado de la modista envenenadora
Condenada a cadena perpetua, Marie Becker pasó el resto de sus días en prisión, lejos del escaparate de vestidos tras el que había tejido su trama mortal. Su caso quedó inscrito en la historia criminal belga como uno de los ejemplos más claros de la envenenadora "negra viuda" que convierte el cuidado y la confianza en herramientas del crimen, eliminando a quienes la rodean para apoderarse de su dinero.
Su historia comparte rasgos con la de otras envenenadoras célebres: la fachada respetable, el veneno de síntomas equívocos, el lucro como motor y la traición de la confianza más íntima. Pero le añade un detalle inolvidable, el de la asesina que lloraba en los funerales de sus víctimas. La modista de luto recordó a su época que la amabilidad de un comercio de barrio podía ocultar a una depredadora, y que a veces el rastro de un crimen no lo deja la víctima, sino la vanidad del propio asesino al alardear de su obra.