El puerto de Nueva York y el comercio de las ostras
A mediados del siglo XIX, el puerto de Nueva York era uno de los más bulliciosos del mundo, una selva de mástiles, muelles y embarcaciones de todo tamaño que entraban y salían sin descanso. Entre los grandes veleros del comercio transatlántico se movían también pequeñas naves de cabotaje y balandras ostreras que recorrían la bahía y los bancos cercanos para abastecer de marisco a la ciudad. Tripuladas por unos pocos hombres, sin apenas defensas, estas embarcaciones manejaban a veces sumas de dinero en efectivo destinadas a la compra de mercancía, lo que las convertía en presa tentadora.
Era un mundo de marineros itinerantes, sin antecedentes verificables, que se enrolaban por una travesía y desaparecían en otra. La vigilancia en alta mar era nula y la frontera entre el oficio marinero y el bandidaje resultaba a veces tenue. En ese ambiente sobrevivía un tipo humano endurecido por la miseria y la violencia, capaz de embarcarse en cualquier nave con intenciones que nada tenían que ver con la pesca.
Albert Hicks: el marinero sin escrúpulos
Albert Hicks era uno de esos hombres. Marinero de larga experiencia y de pasado turbio, se había curtido en travesías y puertos de mala fama, y arrastraba una reputación de individuo violento y sin escrúpulos. Conocedor de los movimientos del puerto, supo que una pequeña balandra ostrera, la E. A. Johnson, se disponía a zarpar llevando dinero a bordo para sus operaciones. La codicia hizo el resto.
Hicks logró embarcarse en la nave, sumándose a su exigua tripulación a sabiendas del botín que transportaba. A bordo iban el capitán y dos jóvenes marineros, hombres confiados que no podían imaginar que entre ellos viajaba un asesino dispuesto a todo con tal de hacerse con el dinero.
La matanza a bordo y el barco a la deriva
En alta mar, al amparo de la noche, Hicks ejecutó su plan con una brutalidad fría. Atacó por sorpresa al capitán y a los dos jóvenes marineros y los mató a hachazos, uno tras otro, en la cubierta de la pequeña balandra. Despachada la tripulación, se apoderó del dinero y de cuanto de valor halló a bordo.
Para encubrir la matanza, no hundió la nave ni la incendió: la abandonó a la deriva, con la esperanza de que el destrozo y el desorden hicieran pensar en un naufragio o en un accidente, en una de esas tragedias anónimas tan comunes en el mar. Confiaba en que las olas borrarían su rastro y en que la ausencia de testigos sepultaría el crimen. Pero la balandra no se hundió.
El hallazgo del barco ensangrentado
La E. A. Johnson fue avistada flotando sin gobierno, vacía de tripulantes pero llena de señales de violencia. La cubierta aparecía manchada de sangre, había rastros de lucha y faltaban los hombres que debían tripularla. Lejos de sugerir un naufragio fortuito, el estado de la nave gritaba que allí se había cometido un crimen atroz. Las autoridades portuarias comprendieron de inmediato que no estaban ante un accidente, sino ante un asesinato múltiple en alta mar.
La investigación reconstruyó quién se había embarcado en la balandra y siguió el rastro del dinero y de los objetos sustraídos. Las pistas convergieron en Albert Hicks, que fue identificado como el hombre que había subido a bordo con la tripulación desaparecida. Detenido, se vio acusado del abordaje y del asesinato de los tres marineros.
El juicio, la prensa y la última horca por piratería
El caso estalló en la prensa neoyorquina con enorme resonancia. Un crimen sangriento cometido en el mar, el robo, el barco fantasma cubierto de sangre: todos los ingredientes del relato truculento estaban ahí, y los periódicos se lanzaron sobre ellos. La figura de Hicks fue magnificada hasta convertirlo en el último gran pirata célebre del país, un personaje a medio camino entre el criminal real y la leyenda sensacionalista que el público devoraba.
Juzgado por piratería y asesinato, delitos que en aquella época podían castigarse con la muerte, Albert Hicks fue condenado. Su ejecución se convirtió en un acontecimiento multitudinario, y quedó en la memoria como uno de los últimos hombres ahorcados por piratería en los Estados Unidos. Con él se cerraba, de algún modo, toda una era de crímenes marítimos castigados bajo aquella vieja figura legal.
El legado del último pirata
La historia de Albert Hicks ocupa un lugar singular en la crónica criminal estadounidense, a caballo entre la realidad documentada y el mito construido por la prensa. Representa el ocaso de la piratería como categoría jurídica viva en el país y, al mismo tiempo, el auge del periodismo sensacionalista que convertía a los asesinos en celebridades macabras. El barco ensangrentado a la deriva, imagen poderosa y siniestra, se grabó en el imaginario popular como símbolo del horror del crimen en el mar. Hicks fue ajusticiado como pirata en una época en que ese mundo ya agonizaba, y su nombre quedó asociado para siempre a la idea del último abordaje sangriento, recordatorio de que, en el bullicioso puerto de Nueva York de 1860, bajo la rutina del comercio de ostras, todavía podía esconderse la violencia más antigua del mar.